
Existe en África una larga región que divide el norte africano del África subsahariana. A este territorio se le conoce como el Sahel, palabra árabe que significa «la costa» y que hace referencia a la transición entre el desierto del Sahara y las sábanas más fértiles del África subsahariana. Este “cinturón” de alrededor de 6.000 kilómetros cruza el continente de este a oeste, empezando por las costas senegalesas y mauritanas, y terminando en la jovencísima Eritrea. En total, la estrategia integrada de Naciones Unidas para el Sahel (UNISS) contempla diez países en total dentro del mapa político de la región: Mali, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Sudán, Senegal, Mauritania, Gambia, Eritrea y Chad.
Todos los países mantienen el mismo clima cálido, con un porcentaje de precipitación muy bajo y una gran vulnerabilidad a la desertificación. En cuanto a la población, el Sahel se conforma por un gran conjunto de etnias que dependen casi por completo de la ganadería y la agricultura, las cuales son la base de la economía de la región. Cada etnia suele tender a especializarse en una de las dos profesiones, lo que, además de sus diferencias étnicas, suele ser un motivo de disputa, sobre todo en épocas del año donde el norte del Sahel es más seco y los ganaderos se ven forzados a mover sus animales al sur, ocupando tierras fértiles donde trabajan los agricultores.
A día de hoy, el Sahel es sin lugar a dudas una de las regiones más peligrosas del planeta. Con la región llena de conflictos armados, golpes de estado y terrorismo, su población vive lo que posiblemente sea la mayor crisis humanitaria del presente. Además, aunque en muchas ocasiones tener una buena geografía suele ser beneficioso para un país, no es el caso de los países del Sahel. Y es que sus tierras ricas en recursos han sido durante años -y siguen siendo-, uno de los principales motivos de los conflictos en la región. Así pues, veamos mejor de dónde viene está terrible situación del Sahel y conozcamos un poco más cómo se encuentra este territorio político a día de hoy.
Las rutas comerciales y la colonización del Sahel
Históricamente, el Sahel ha sido un cruce de caminos para el comercio transahariano, donde se comerciaba fundamentalmente con recursos como oro, sal, marfil y esclavos. Montados en sus camellos, animal que incluso a día de hoy no tiene rival en esta misión, los comerciantes africanos cruzaban por las dunas desérticas del Sahara para comerciar con sus mercancías.
Gracias a las conexiones creadas por las vías comerciales, el islam llego hasta el Sahel, donde se expandió con un gran facilidad. Por ello, hoy en día podemos ver un gran legado de la religión en las estructuras sociales y culturales, lo que tiene un gran impacto en el devenir de los países de la región.
Sin embargo, con el colonialismo del siglo XIX, todas estas rutas comerciales perdieron gran parte de su relevancia. Los colonizadores impusieron nuevas infraestructuras económicas, como ferrocarriles y puertos, que favorecen la exportación de materias primas hacia Europa en lugar del comercio interno africano.
Si bien la explotación europea de las tierras del Sahel fue muy perjudicial, ya que despojó a la región de su comercio local y la obligó a depender de la economía colonial, lo que realmente alteró por completo su orden fueron las divisiones territoriales impuestas por los colonizadores. Con líneas trazadas con escuadra y cartabón, los europeos dividieron las regiones sin tener en cuenta la realidad del territorio. Esto dio lugar a fronteras artificiales que no reflejaban las dinámicas étnicas y geográficas de la zona, dividiendo etnias enteras entre distintos países y agrupando en un mismo Estado a grupos que históricamente habían estado en conflicto.

Figura 1: Mapa político donde se marcan las delimitaciones del desierto del Sahara y el Sahel. Fuente: Mirada sobre la historia, 2023.
Tras la independencia, muchos países del Sahel enfrentaron dificultades. Por un lado, debían reactivar una economía, cuyas infraestructuras y sistemas comerciales habían sido diseñados para beneficiar a las metrópolis coloniales. Mientras que por el otro lado, debían lidiar con las consecuencias de las fronteras artificiales impuestas por los colonizadores. Estos hechos propiciaron tensiones políticas, disputas territoriales y, en muchos casos, prolongados conflictos internos que dificultan la estabilidad y el desarrollo de la región. Todo esto se ha mantenido a lo largo del tiempo hasta la actualidad, donde la situación del Sahel sigue sin mostrar avances significativos.
Inestabilidad territorial y auge del terrorismo
Entre los países que conforman el Sahel encontramos situaciones diferentes. Tenemos por ejemplo a Eritrea, un país independizado hace tan solo 30 años que está dirigido por una dictadura militar. Justo en el otro extremo del Sahel está Senegal, que tiene una de las democracias más estables del continente y cuyas últimas elecciones se celebraron hace apenas 5 meses. Más hacia el centro nos encontramos con Nigeria, una de las mayores potencias de África y el país más poblado del continente.
No obstante, más allá de estas diferencias, el Sahel en su conjunto se ha visto marcado por una inestabilidad generalizada. La fragilidad de sus instituciones, la fragmentación social heredada de la colonización y los conflictos por recursos han convertido a la región en un epicentro de golpes de Estado y crisis políticas recurrentes. Países como Malí, Burkina Faso o Níger, entre otros, han experimentado múltiples derrocamientos de gobiernos en los últimos años, lo que ha llevado a que en algunas ocasiones se refiera al Sahel como «el cinturón golpista». De hecho, tan solo desde el año 2020, la región ha sufrido 11 intentos de golpes de Estado.
El Sahel enfrenta también la peor crisis de terrorismo a nivel mundial. Grupos como AQMI, afiliado de Al-Qaeda en el Sahel y el norte de África, y el Estado Islámico han mantenido el control de ciertos territorios desde principios de los 2000, llevando a cabo ataques con frecuencia. Según el Global Terrorism Index, la región concentra el 51% de las muertes por terrorismo. A diferencia del resto del mundo, donde el número de víctimas ha disminuido, en el Sahel las muertes por terrorismo se han multiplicado por diez en los últimos años.

Figura 2. Al-Qaeda en el Magreb islámico, o AQMI por sus siglas en ingles, es un grupo terrorista afiliado a Al-Qaeda que opera en diferente partes del norte del África y el Sahel. Fuente: El Confidencial, 2023.
Estos grupos aprovechan la debilidad de los gobiernos y el vacío de poder para extender su influencia. Asimismo, se benefician de la porosidad de las fronteras, que les permite desplazarse con facilidad, cruzar entre territorios sin grandes obstáculos y lanzar ataques o retirarse estratégicamente cuando es necesario. Todo ello hace de la lucha contra el yihadismo algo extremadamente complejo.
Aunque el problema con el terrorismo del Sahel comienza en los años 2000, el auge de los grupos yihadistas en la región comenzó en 2011 con el asesinato del líder libio, Muammar al-Gaddafi. Gaddafi, quien gobernó Libia durante 42 años, luchó con mano firme contra los grupos yihadistas, lo que mantuvo cierta seguridad en la región. Sin embargo, tras su asesinato en 2011, ese poder quedó completamente vació. Los grupos terroristas aprovecharon el derrocamiento de Gaddafi para saquear los arsenales del gobierno libio y fortalecer su capacidad armamentística. Con este nuevo arsenal, expandieron su control territorial en distintas partes del Sahel. AQMI, por ejemplo, consolidó su presencia en el norte de Malí, donde, junto a otros grupos yihadistas, tomó el control de ciudades clave como Tombuctú, Gao y Kidal en 2012.
Frente a esta creciente amenaza, en 2014 se creó el G5 Sahel, una coalición formada por Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger y Chad con el objetivo de coordinar esfuerzos militares y promover el desarrollo en la región. Sin embargo, la alianza ha enfrentado grandes desafíos: sufre de falta de financiamiento, dependencia del apoyo internacional y debilidad institucional. Además, tras los golpes de Estado en Malí, Burkina Faso y Níger, estos países se retiraron del G5 Sahel en 2023, argumentando que la coalición no había logrado sus objetivos. Poco después, formaron la Alianza de Estados del Sahel (AES), con la que buscan combatir el yihadismo de manera más autónoma e intensiva.

Figura 3. Lideres, en orden de izquierda a derecha, de Mali, Níger y Burkina Faso, países que conforman el AES. Fuente: La Comuna, 2024.
Como siempre, la población civil es la más afectada. Los países del Sahel enfrentan una de las peores crisis humanitarias del mundo, con miles de personas desplazadas cada año. Las duras condiciones de vida, sumadas a la persistente inestabilidad y la falta de oportunidades, llevan a muchos jóvenes a ver en los grupos terroristas su única alternativa.
Intervención extranjera
Tras la independencia de las colonias, las potencias colonizadoras perdieron gran parte de su influencia en la región, pero muchas no la abandonaron por completo. Francia, sin duda, ha sido la potencia que más relevancia ha mantenido en el Sahel, con una presencia militar significativa que, según justificaban desde París, tenía como objetivo garantizar una mayor estabilidad en la zona.
Una de las misiones más importantes que realizó Francia en el Sahel fue la operación Barkhane, la cual se lanzó en 2014 con el objetivo de dar apoyo militar al G5 en su lucha contra el terrorismo y mejorar la estabilidad general de la región. En 2021, tras el golpe de Estado en Malí y la creciente antifranquismo en algunos países de la región, Francia reevaluó su posición en el territorio y decidió terminar la operación en 2022. Desde entonces, París ha limitado su presencia en el Sahel a un apoyo reducido a las fuerzas locales, sin intervenir en los conflictos de forma directa. Además, sigue trabajando con la ONU y la Unión europea en las misiones de ayuda humanitaria que tienen desplegadas por la región.
Por su parte, al observar cómo Occidente perdía influencia en la región, China y Rusia comenzaron a aumentar su presencia en el Sahel, aunque lo hicieron de maneras diferentes. China ha incrementado sus inversiones económicas, financiando infraestructuras clave y desarrollando iniciativas para la extracción de recursos naturales, lo que ha reforzado su influencia política en la región. Rusia, por su parte, ha forjado nuevas alianzas principalmente a través de contratos de seguridad y apoyo militar. En este contexto, el grupo de mercenarios Wagner ha operado en gran parte del Sahel bajo el nombre de Africa Corps, brindando asistencia a gobiernos como el de Malí, con quienes han sido acusados de cometer crímenes contra la etnia Tuareg. Este aumento de la presencia rusa y china ha generado grandes tensiones políticas con occidente.

Figura 4. Vladimir Putin, líder de Rusia, junto a Ibrahim Traoré, líder de Burkina Faso, durante la cumbre Rusia-África de 2023, donde se fortalecieron las relaciones entre Rusia y diversos países africanos. Fuente: El País, 2023.
Futuro del Sahel
Como hemos visto, los países del Sahel tienen muchos problemas que solventar antes de poder convertirse en países prósperos. Por un lado está el problema de la desertificación, la cual cada vez engulle más y más vegetación. Para solucionar esto, varios países africanos han lanzado la iniciativa de la “Gran Muralla verde”, cuyo propósito es frenar la expansión del desierto del Sahara y restaurar los ecosistemas a través de la reforestación y el crecimiento de vegetación nativa. Aunque los avances en este campo son muy lentos, si que se han logrado ciertos avances, estabilizando algunas dunas y disminuyendo tormentas de arena en algunas áreas.
Sin duda, el mayor desafío al que se enfrenta el Sahel es la estabilidad política y la seguridad. Aunque las posibilidades de mejora sean escasas, aún existen oportunidades para cambiar la situación actual. Es posible que la ayuda proporcionada por Rusia y China termine siendo realmente beneficiosa, pero aún está por verse cómo evolucionará su influencia y hasta qué punto estos países intervendrán en los asuntos internos de la región.
Para Europa, fomentar la estabilidad en el Sahel es una prioridad, ya que los conflictos en la región han provocado el desplazamiento masivo de civiles, muchos de los cuales huyen hacia el norte en busca de refugio, llegando finalmente a las costas europeas. El problema de esta migración radica en el alto volumen de personas que llegan, lo que en muchos casos satura los sistemas de acogida y genera desafíos sociales y económicos. Además, la migración desde el Sahel parece estar en aumento, con ejemplos como España, que recientemente ha comenzado a recibir un número creciente de migrantes procedentes de Malí, algo que hasta hace poco era poco común. Ante esta situación y la pérdida de influencia de Europa en el Sahel, los países europeos deben replantear su estrategia y buscar soluciones efectivas.
El Sahel se ha convertido en un epicentro de crisis donde convergen conflictos históricos, desafíos ambientales y rivalidades geopolíticas. A lo largo de los años, la región ha visto cómo la inestabilidad se arraiga y las soluciones siguen siendo insuficientes. Sin embargo, su destino no está sellado. La cooperación internacional, el fortalecimiento de sus instituciones y el desarrollo sostenible son claves para revertir esta situación. El futuro del Sahel dependerá de la capacidad de sus propios países y de la comunidad global para abordar estos desafíos de manera coordinada y efectiva.
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