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Sudán, tierra de oro y sangre: La guerra que el mundo no quiere ver

La ambición por el oro y el poder estatal ha precipitado a Sudán a la peor emergencia humanitaria del planeta. Fuente: RTVE, 2025.

Ubicado en el extremo este del Sahel, Sudán es otra de esas tantas historias africanas en las que su rica geografía —que debería potenciar al desarrollo del país— es a su vez su mayor condena. Con conexiones directas al Mar Rojo, varias corrientes del Nilo y una envidiable abundancia de recursos tales como el petróleo, el oro y diversas tierras raras, Sudán es, paradójicamente, uno de los países más pobres del mundo.

Con una historia marcada por el colonialismo y una constante sucesión de guerras civiles, el país ha vivido en una inestabilidad crónica que se refleja hoy más que nunca. Actualmente, Sudán se encuentra sumido en un conflicto devastador que reaviva las peores memorias de la Guerra de Darfur y La Segunda Guerra Civil, y que lo ha convertido en una de las mayores crisis humanitarias del mundo.

Como era de esperar, el conflicto tiene un fuerte impacto en los países vecinos, que reciben oleadas masivas de personas que huyen de la violencia y afrontan incidentes transfronterizos derivados de la guerra. La inestabilidad también repercute en Occidente: complica la gestión de flujos migratorios hacia Europa, tensiona la seguridad del estratégico corredor del Mar Rojo y altera el equilibrio geopolítico frente a la creciente presencia de Rusia y China en la región. Por todo ello, es crucial conocer qué está sucediendo a día de hoy en Sudán. Pero primero, veamos cómo ha llegado al punto actual.

Entre guerras y dictaduras

Durante la administración conjunta anglo-egipcia, Sudán se dividió notablemente. El Norte, predominantemente árabe y musulmán, fue favorecido con inversión, mientras que el Sur, habitado por grupos que practicaban el cristianismo y religiones tradicionales, fue marginado. Las tensiones eran también geográficas: aunque el Sur albergaba los yacimientos de petróleo y era favorecido por las caudalosas afluencias del Nilo que daban lugar a tierra fértil, el Norte controlaba la política y la infraestructura de exportación. 

Figura 1. Mapa de Sudán y Sudán del Sur, mostrando las zonas de extracción de petróleo y los oleoductos. Tras la independencia del Sur, Sudán perdió el acceso a la mayor parte de sus reservas petroleras, lo que sumió al país en una crisis económica crónica, y que fue reemplazada por el oro —presente en Darfur y Kordofán—. Fuente: Periodismo Internacional Alternativo, 2021.

Al concluir la colonia en 1956, ambas regiones fueron forzadas a unirse en un solo Estado donde la élite del Norte acaparó los puestos de gobierno. La falta de representación y el temor a la arabización por parte del Sur encendieron la Primera Guerra Civil, sentando las bases de la inestabilidad crónica del país.

La guerra se prolongó hasta 1972, cuando se firmaron los acuerdos de Addis Abeba, que concedían al Sur una amplia autonomía política y administrativa dentro del Estado sudanés. Sin embargo, la posterior redistribución de tropas del Sur hacia el Norte, el descubrimiento de importantes yacimientos de petróleo en regiones fronterizas y —sobre todo— la implantación de la Sharia (ley islámica) por el gobierno de Jaafar Nimeiry en 1983 terminaron por quebrar el acuerdo. Estos factores desencadenaron la segunda Guerra Civil Sudanesa, considerada hoy el conflicto más largo de la era contemporánea en África.

En este contexto surgió el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (SPLA), cuyo objetivo evolucionó a lo largo del conflicto: de aspirar inicialmente a un Sudán unido y secular pasó, con el tiempo y el agravamiento de la guerra, a defender abiertamente la secesión del Sur. Sus fuerzas combatieron durante años contra el ejército gubernamental de Jartum.

En 1985 se produjo el primero de varios golpes de Estado que marcarían la política sudanesa, proceso que culminó en 1989 con la llegada al poder de Omar Hassan al-Bashir. Su gobierno, fuertemente influido por ideologías islamistas extremistas, intensificó la guerra y radicalizó el carácter del conflicto. Ello derivó en innumerables violaciones de derechos humanos por parte de ambos bandos: desplazamientos masivo, reclutamiento forzoso de menores, esclavitud y asesinatos en masa figuran entre los crímenes de guerra documentados durante esta etapa.

Figura 2. Omar al-Bashir fue el primer jefe de Estado en activo en ser acusado por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. Fuente: Euro News, 2019.

Con el acuerdo de paz firmado en 2005 en Naivasha, Kenia, se puso fin a 22 años de guerra que dejaron tras de sí alrededor de 2 millones de civiles muertos y 4 millones de desplazados. En estos acuerdos se concedió al Sur una independencia de 6 años y el derecho a la autodeterminación una vez finalizado este plazo. Esto se cumplió, y con una aprobación del 98%, se crearía la actual Sudán del Sur.

La transición «de pega»

Con la independencia del Sur, Sudán perdió alrededor del 75% de sus reservas de petróleo, lo que generó una crisis sustancial y crónica. Esto, sumado a la corrupción, la represión y las impopulares medidas de austeridad de Omar al-Bashir, desembocó en protestas masivas y bien organizadas. El movimiento popular culminó en la Sentada de Jartum en abril de 2019, una protesta masiva frente al cuartel general del ejército que forzó el derrocamiento de al-Bashir. Sin embargo, la alegría fue breve: la sentada fue brutalmente desmantelada en la Masacre de junio de 2019 por las RSF, una de las dos fuerzas militares que prometieron la transición.

El periodo de transición fue breve. En apenas dos años, las tensiones entre los militares y el gobierno civil aumentaron, especialmente por las reformas que buscaban la fusión de las dos fuerzas armadas y la rendición de cuentas por crímenes pasados. En octubre de 2021, el General Abdel Fattah al-Burhan —jefe de las SAF, el ejército gubernamental— y el General Mohamed Hamdan Dagalo “Hemedti” —líder de las RSF o Fuerzas de Apoyo Rápido, milicia creada por al-Bashir—, unieron fuerzas para dar un golpe de Estado que derrocó al gobierno de transición civil, asegurando así que sus organismos mantuvieran el control total del poder.

La guerra de los generales

A pesar de haberse aliado para dar el golpe de Estado, los conflictos internos por el control del país se mantuvieron entre las SAF y las RSF, las cuales no estaban dispuestas a ceder el poder. El punto de ruptura fue la exigencia de la integración de las RSF en el ejército regular, un paso clave que habría neutralizado el poder de “Hemedti”. Como consecuencia, el 15 de abril de 2023, las RSF lanzaron un ataque sorpresa para hacerse con la capital, Jartum, así como con varios puntos estratégicos, incluyendo bases militares y ciudades de la región de Darfur. En pocas horas, el conflicto se extendió por todo el país, dando inicio a la guerra civil actual.

Figura 3. El General Mohamed Hamdan Dagalo “Hemedti” —a la izquierda— conversando con su exsocio el General Abdel Fattah al-Burhan. Su pugna por la supremacía militar y económica tras el golpe de 2021 desemboco en una guerra civil en 2023. Fuente: Asharq Al-Awsat, 2024.

En el campo de batalla, la dinámica de combate es asimétrica. Mientras que las RSF se centran en ataques rápidos y brutales en zonas urbanas, aprovechando su movilidad y conocimiento del terreno, las SAF focalizan su energía en el uso de la fuerza aérea y la artillería pesada. En términos de control territorial, las SAF han logrado mantener sus bases principales en el centro y el norte, presentándose como la autoridad estatal. Sin embargo, han perdido  gran parte de la capital, Jartum, que sigue siendo un campo de batalla devastado, y la defensa de Darfur ha sido delegada en milicias aliadas. Las RSF controlan actualmente casi toda la región de Darfur —incluyendo la recién caída ciudad de El Fasher—, la estratégica región de Gezira y puntos clave dentro de Jartum.

La guerra está enquistada, y es que, a pesar de la superioridad numérica nominal y de arsenal aéreo de las SAF, ninguno de los dos bandos ha demostrado tener la fuerza suficiente para lograr una victoria decisiva.

Respecto a los objetivos: Las RSF buscan esencialmente la toma del poder total o, al menos, un acuerdo que legitime su autonomía militar y económica, así como reconocimiento político en las zonas que controlan, especialmente Darfur. Por su parte, las SAF quieren restaurar la autoridad estatal, expulsar a las RSF de las ciudades principales y obtener el reconocimiento internacional como el único gobierno legítimo de Sudán.

Las RSF y la lucha étnica

Las RSF tienen su origen en las temidas milicias Janjaweed, creadas por el dictador Omar al-Bashir alrededor de 2003 con el objetivo de sofocar las insurgencias no árabes en la región de Darfur. Compuestas principalmente por nómadas árabes de Darfur, las Janjaweed fueron las principales ejecutoras de una brutal campaña de «tierra quemada» que, ese mismo año, se transformó en la primera campaña genocida de la región. Estas milicias perpetraron masacres, desplazamientos forzados y violaciones masivas, teniendo como blancos principales a las tribus no árabes Masalit, Fur y Zaghawa.

Figura 4. Milicianos de las Janjaweed, las fuerzas paramilitares que el dictador al-Bashir armó en 2003 para llevar a cabo la campaña de «tierra quemada» en Darfur, siendo responsable del inicio de los genocidios en la región y el origen de las actuales RSF.

En 2013, al-Bashir formalizó y legalizó estas milicias, dándoles el nombre de Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) y poniéndolas bajo el mando directo de “Hemedti”. Desde entonces, las RSF se han consolidado como una fuerza paramilitar poderosa con autonomía y control sobre lucrativas minas de oro. Su historial de violaciones de los derechos humanos, saqueos y violencia extrema no ha cesado.

Hoy, con la excusa de la guerra en curso, las tropas de “Hemedti” reviven los horrores de Darfur. La limpieza étnica que comenzó con las Janjaweed se ha reanudado, con el fin de acabar con aquellas comunidades no árabes con las que se han enfrentado históricamente. Asesinatos selectivos, violaciones y desplazamientos forzosos se han documentado nuevamente en las regiones de Darfur.

La violencia de las RSF mantiene una técnica clara y devastadora: rodean las ciudades, masacran a la población civil, saquean sistemáticamente y desalojan a los supervivientes no árabes, forzándolos a huir hacia Chad con el aparente objetivo de cambiar la demografía de la región.

Por último, es fundamental comprender que la brutalidad actual se dirige primordialmente por líneas étnicas. Si bien el conflicto histórico entre el Norte y el Sur tenía una fuerte dimensión religiosa, la violencia perpetrada por las RSF hoy es predominantemente de carácter étnico, dirigida contra las comunidades africanas no árabes —como los Masalit— en Darfur.

En el contexto de esta brutalidad, han surgido en redes sociales y medios de comunicación —promovidas por figuras como Donald Trump— narrativas que denuncian un “genocidio cristiano” en Sudán. Sin embargo, cualquier intento de desvirtuar esta realidad al categorizarla únicamente como un “genocidio cristiano” simplifica en exceso la compleja dinámica del conflicto. Los crímenes se cometen contra aquellas comunidades que no encajan en el ideal árabe y musulmán que las RSF profesan, afectando principalmente a grupos africanos no árabes. El genocidio existe y debe ser denunciado con contundencia, pero no debe ser instrumentalizado con fines políticos que desvirtúen la dura realidad de la población sudanesa, que es el verdadero blanco de limpieza étnica.

Intereses internacionales y la crisis humanitaria

La prolongación de la guerra civil está estrechamente ligada a los intereses y el apoyo logístico de agentes externos, entre los que destaca la potencia arábiga Emiratos Árabes Unidos (EAU).

EAU se ha convertido en el principal patrocinador de las RSF, a quienes provee de armamento y suministros esenciales a cambio del lucrativo oro sudanés de contrabando. Este mineral, que representa casi la mitad de las exportaciones del país, es crucial para la financiación de la guerra. Se estima que hasta el 90% de la producción de oro nacional se mueve a través de vías ilegales hacia EAU, proporcionando a las RSF miles de millones de dólares para sostener su campaña militar.

Figura 5. Mineros sudaneses buscando oro. Este mineral controlado por las RSF y cuyo principal destino es EAU, es la fuente crucial de financiación de la guerra civil actual. Fuente: El País, 2023.

Asimismo, la antigua filial del grupo de mercenarios Wagner, ahora conocida como Africa Corps, también tiene interés en el oro sudanés. La organización colabora con las RSF desde diferentes puestos de control en los países vecinos —principalmente Chad, Libia y la República Centroafricana—, donde mantiene una fuerte presencia. Esta red facilita tanto el suministro militar a las RSF como el contrabando del mineral. Además, Africa Corps mantiene el control de refinerías clave y ayuda a EAU en el transporte del oro sin procesar mediante rutas aéreas militares directas.

Curiosamente, la postura de Rusia es ambivalente, ya que, a pesar de que Africa Corps esté alineado con las RSF, a día de hoy, el Estado ruso mantiene sus relaciones diplomáticas centradas en las SAF. El motivo es conseguir la aprobación para la construcción de una base naval en el Mar Rojo, lo que requiere negociar con la facción que controla la salida al mismo.

En cuanto a los apoyos externos a las SAF, Egipto es un aliado histórico que persigue varios objetivos. Además de buscar estabilizar sus fronteras, El Cairo intenta aumentar su influencia en Jartum para contrarrestar las tensiones con Etiopía, surgidas por la construcción de la Gran Presa del Renacimiento Etíope en el Nilo. Dado que Sudán comparte las afluencias del Nilo, mantener un gobierno amigo en Jartum otorga a Egipto un margen de maniobra estratégico crucial en las negociaciones hídricas y en el control del caudal del río, vital para su supervivencia.

Estados Unidos, por su parte, busca impedir que Sudán caiga bajo la influencia total de actores rivales —como Rusia o China— en un Sahel cada vez más inestable. Washington apoya a las SAF con el fin de restablecer una autoridad estatal y un gobierno pro-occidente. Sin embargo, es paradójico que uno de sus principales aliados en la región, Emiratos Árabes Unidos, sea a su vez el principal financiador de las RSF.

Para finalizar, es imperativo destacar que Sudán vive actualmente la mayor crisis humanitaria del mundo. Según la ONU, al menos 27.000 personas han muerto en el transcurso del conflicto, pero otras fuentes estiman cifras de hasta 150.000 muertos desde 2023, a lo que se suman los 12 millones de personas desplazadas.

Figura 6. La huida masiva se suma al colapso total de servicios básicos. Millones de personas desplazadas enfrentan hoy una escasez catastrófica de alimentos y la ausencia de atención sanitaria. Fuente: ONU, 2025

La educación es inexistente, la escasez de comida es catastrófica y el sistema sanitario ha dejado de funcionar en las zonas de combate. Las ONG denuncian constantes saqueos, bloqueos de suministros y asesinatos. Además, el conflicto está marcado por el uso generalizado de la violencia sexual como arma de guerra. Episodios como el brutal asedio de la ciudad de El Fasher por parte de las RSF, dónde más de 2.500 civiles fueron ejecutados en tan solo dos días en otro episodio más de limpieza étnica, demuestran día tras día una tragedia que, lejos de cesar, se mantiene alimentada por intereses externos.

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Fuentes bibliográficas

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