
En un mundo cada vez más interconectado, las guerras comerciales han dejado de ser una excepción para convertirse en una herramienta habitual de presión y negociación entre potencias. El libre comercio se ve cada vez más cohibido por la creciente imposición de barreras arancelarias, subsidios estratégicos y tensiones geoeconómicas. La reelección de Donald Trump como el 47º presidente de los Estados Unidos ha reforzado esta tendencia proteccionista, haciendo temblar a los mercados globales. Con su regreso a la Casa Blanca, Trump ha reavivado una guerra comercial que, si bien él mismo había iniciado durante su primer mandato, ahora ha escalado a niveles sin precedentes. A través de la imposición de aranceles desorbitados y una agresividad impactante en las negociaciones, el presidente estadounidense ha desatado un conflicto económico que podría marcar el rumbo del planeta entero.
Por todo ello, resulta fundamental entender las posturas, tensiones y estrategias que adoptan las principales potencias en esta nueva etapa de confrontación comercial, cuyo epicentro es, sin lugar a dudas, el enfrentamiento entre la ascendente China y la, hasta ahora, hegemónica Estados Unidos. Pero antes de adentrarnos en las dinámicas de este conflicto, conviene detenernos un momento para entender con claridad qué es una guerra comercial y cuáles son las herramientas más comunes que se emplean en este tipo de disputas.
¿En qué consiste una guerra comercial?
Una guerra comercial consiste en un conflicto económico que deriva de la imposición de ciertas medidas mercantiles, tales como aranceles o bloqueos de ciertos productos, contra uno o varios países, los cuales responden a esto con represalias. Este tipo de disputas pueden comenzar como respuesta a prácticas desleales de otro Estado para mejorar su industria nacional, para reducir un déficit comercial o mejorar la balanza comercial del país, aunque por norma general, se dan como respuesta a cualquier medida que no haya gustado al país en cuestión.
Las medidas que se pueden aplicar en este tipo de conflictos son muy variadas, como las cuotas monetarias o de cantidad. Sin embargo, las más comunes suelen ser las barreras arancelarias, las cuales actúan como una forma de protección para las industrias nacionales, al hacer que los productos importados sean más caros y, por lo tanto, menos competitivos frente a los productos locales. Además, se pueden emplear como herramientas para combatir el desequilibrio comercial entre países, regular el acceso de productos de diferentes economías e incluso como fuente de ingresos para el gobierno, lo que permite financiar diversos proyectos o reducir el déficit fiscal.
Sin embargo, la imposición de aranceles conlleva una serie de contras importantes. Uno de los principales es el encarecimiento de los productos importados, lo que repercute directamente en los consumidores, afectando su poder adquisitivo. Además, la protección de las empresas nacionales puede tener efectos negativos a largo plazo, ya que al eliminar la competencia extranjera se reduce el incentivo para que estas empresas innoven, lo que puede llevar al estancamiento de la economía nacional. Por último, como hemos visto en los últimos años, los aranceles pueden desencadenar una guerra comercial, exacerbando las tensiones entre países y afectando el comercio global.
Transformación de China en una superpotencia
Aunque a día de hoy China dispute cara a cara a Estados Unidos en términos económicos, el gigante asiático era un país absolutamente pobre hace apenas unas décadas. Su desarrollo, no sólo veloz sino estratégicamente planeado, ha convertido a China en una superpotencia económica con un poder significativo en las mesas de negociación internacionales. Por ello, resulta fundamental entender cómo ha alcanzado esta posición en tan poco tiempo.
Después de que el Partido Comunista Chino venciera en la Guerra Civil en 1949, Mao Zedong, líder del partido, implantó un sistema de carácter comunista que sumió al país en una profunda pobreza. Políticas como el ‘Gran Salto Adelante’ y la ‘Revolución Cultural’, lejos de generar los resultados esperados, empobrecieron aún más a la población china y provocaron devastadoras hambrunas que acabaron con la vida de millones de personas.

Figura 1. Durante la era de Mao Zedong, más del 80% de la población vivía en el campo, y casi todos vivían en condiciones de pobreza extrema. Fuente: Infobae, 2021.
En 1978, dos años después de la muerte de Mao Zedong, Deng Xiaoping tomó las riendas del país y comenzó una de las reformas económicas más impresionantes de la historia. Bajo la idea de un ‘socialismo con características chinas’, Deng Xiaoping rompió con las políticas maoístas y puso en marcha una ambiciosa serie de reformas económicas. Estas se centraron en la modernización de la agricultura, la liberalización progresiva del sector privado, la transformación de la industria y, sobre todo, la apertura de China al comercio exterior. Con ello, se sacó a 740 millones de la pobreza y se dio inicio a una nueva era que sentó las bases del crecimiento acelerado que caracterizaría al país en las décadas siguientes.
Para lograr este cambio, Deng Xiaoping abandonó el sistema maoísta de economía rural planificada, basado en comunas populares, y promovió un modelo de responsabilidad individual en la agricultura, en el que los campesinos podían quedarse con parte de su producción y vender el excedente en mercados locales. Esta medida redujo la pobreza, aumentó la productividad y provocó una gran migración del campo a las ciudades. Poco después, Deng impulsó la apertura comercial de China mediante la creación de las Zonas Económicas Especiales (ZEE), como las de Shenzhen, Zhuhai o Xiamen. En ellas se permitió la inversión extranjera, la libre empresa y la experimentación con políticas de mercado. Con el tiempo, estas zonas se convirtieron en motores clave del desarrollo económico y tecnológico del país. La estabilidad y los beneficios generados por las ZEE cambiaron la visión de los dirigentes chinos, que comenzaron a abandonar progresivamente el modelo de economía cerrada, lo que dio lugar a una apertura más amplia y a la integración de China en los mercados globales, culminando con su entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001.
Con la crisis financiera de 2008, el mundo se tambaleó y muchas economías comenzaron a buscar nuevas oportunidades de negocio. En ese contexto, China se posicionó como una alternativa irresistible: con unas regulaciones mucho más flexibles que en los países occidentales y una mano de obra considerablemente más barata, ofrecía condiciones ideales para la producción a gran escala. Las empresas extranjeras descubrieron que les resultaba más rentable fabricar en China e importar los productos que producirlos localmente. De este modo, el país atrajo un volumen masivo de inversión extranjera y consolidó su papel como la gran plataforma manufacturera del planeta, ganándose el apodo de ‘la fábrica del mundo’.
Sin embargo, a día de hoy, China está logrando desprenderse poco a poco de ese título. Una de las razones para ello es el surgimiento de nuevas competencias en países con costes laborales aún más bajos, como Bangladesh, especializado en la industria textil, o Vietnam, que se ha convertido en un importante productor de componentes electrónicos y manufacturas ligeras. Pero además de esta competencia externa, el propio gobierno chino lleva años fomentando una transformación económica con proyectos como el “Design in China 2025”, que busca ir más allá de la mera producción y posicionar al país como líder en innovación, diseño y tecnología de vanguardia.
Esta transición no se limita únicamente al ámbito industrial o tecnológico. China también está apostando por sectores estratégicos del futuro, como las energías renovables. Con el objetivo de reducir su dependencia de los combustibles fósiles -cuya importación resulta imprescindible, ya que sus reservas internas no cubren la enorme demanda del país- y de mejorar su imagen global, el gigante asiático ha impulsado el desarrollo de tecnologías como la energía solar, la eólica y los vehículos eléctricos, sectores en los que ya lidera a nivel mundial.

Figura 2. China domina todos los sectores clave de las energías renovables -solar, eólica, baterías y redes inteligentes- consolidándose como líder global en la transición energética. Fuente: Infobae, 2021.
No obstante, pese a ser pionera en energías limpias, China continúa siendo el país que más contamina en términos absolutos, responsable de aproximadamente el 30 % de las emisiones globales. Aun así, el gobierno chino confía en que su fuerte inversión en energías renovables permitirá revertir esta situación en las próximas décadas. Con todo ello, China busca dejar atrás su imagen de economía basada en mano de obra barata, para consolidarse como una superpotencia tecnológica, energética y creativa.
De cara al futuro, además del claro enfrentamiento con Estados Unidos que abordaremos a continuación, China enfrenta una serie de dificultades internas, entre las que destaca su preocupante envejecimiento poblacional. La famosa política del hijo único, vigente durante décadas, ha dejado una profunda huella demográfica: la actual pirámide poblacional muestra una marcada desproporción entre la población joven y la adulta, con una fuerza laboral menguante y una población envejecida en constante aumento. Este es un reto que comparten muchos países desarrollados, pero que en el caso chino resulta especialmente grave por la magnitud de su población y las consecuencias de sus políticas pasadas.
Causas de las tensiones comerciales
La guerra comercial surge por la acumulación de una serie de factores que han ido acrecentando las tensiones entre ambas potencias a lo largo de los años. Una de las principales causas ha sido el déficit comercial abultado y persistente que Estados Unidos mantiene con China, ya que el país norteamericano importa una cantidad de productos chinos muy superior a la que exporta. A esto hay que sumarle las diversas restricciones y limitaciones impuestas por el gobierno chino a las empresas estadounidenses para entrar en su mercado, ya sea en forma de trabas burocráticas, requisitos desiguales o acceso limitado a ciertos sectores estratégicos. Años de negociaciones infructuosas y promesas incumplidas han colmado la paciencia de Washington, lo que ha derivado en una postura mucho más agresiva hacia Pekín.

Figura 3. Evolución del déficit comercial de Estados Unidos con China hasta 2017, un año antes de los primeros aranceles estadounidenses a productos chinos. Fuente: Infobae, 2018.
Otra fuente de tensiones han sido las constantes acusaciones de prácticas comerciales desleales de diversos Estados de todo el mundo contra China. Muchas empresas extranjeras denuncian que para operar en China, se ven obligadas a transferir su tecnología a socios locales, minando su competitividad a largo plazo. También son frecuentes las acusaciones de violaciones de propiedad intelectual o de subvención estatales desmedida a empresas chinas que distorsionan la competencia internacional, y una supuesta manipulación de la moneda para favorecer las exportaciones
A todo esto se suma una competencia cada vez más intensa en el sector tecnológico, donde China, con el ya mencionado plan “Design in China 2025”, busca dominar industrias clave como la inteligencia artificial o los semiconductores. Esta ambición ha sido uno de los motivos detrás de las restricciones impuestas por Estados Unidos a empresas como Huawei o TikTok, que, además de representar una amenaza económica, son percibidas como riesgos potenciales en términos de seguridad nacional y ciberespionaje.
En el trasfondo del conflicto también se percibe una lucha por el equilibrio global. China ha dejado de ser una simple potencia emergente para convertirse en una superpotencia que disputa de forma directa la hegemonía mundial a Estados Unidos. Su creciente presencia en África, América Latina, Asia e incluso en Europa -canalizada a través de proyectos como la “Nueva Ruta de la Seda”- ha encendido las alarmas en las capitales occidentales. Como resultado, la guerra comercial ha adquirido un marcado componente geopolítico, con una pugna por la influencia que impacta directamente en la configuración del actual orden mundial.
Por último, la reciente crisis del COVID-19 sacó a relucir la enorme dependencia que muchas economías tienen de las cadenas de suministro chinas, lo que provocó carencias en productos sanitarios, tecnológicos y otros bienes esenciales. Ante esta situación, y con el objetivo de prevenir escenarios similares en futuras crisis, numerosos países comenzaron a relocalizar parte de su producción y a diversificar sus proveedores. De este modo, buscan reducir su vulnerabilidad y disminuir la dependencia estratégica hacia China.
Medidas y contramedidas de la guerra comercial
Las tensiones entre Estados Unidos y China se materializaron en medidas concretas en 2018, durante la primera presidencia de Donald Trump, quien, bajo la premisa de “America First”, adoptó una postura abiertamente proteccionista, estableciendo aranceles del 25 % y el 10 % al acero y al aluminio chinos, respectivamente. China respondió aplicando aranceles a 120 bienes estadounidenses como bebidas, alimentos y productos agrícolas. Además, el gigante asiático también denunció las acciones de los EEUU frente a la OMC, argumentando que los norteamericanos habían incumplido los procedimientos acordados por la OMC.

Figura 4. Donald Trump y Xi Jinping durante la cumbre del G20 en Osaka (2019), en un momento clave de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Fuente: Infobae, 2025.
Con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, la estrategia adoptó un enfoque más estructural. Aunque el tono diplomático entre ambos gobiernos cambió, la línea dura contra China se mantuvo, lo que evidencia una postura común entre demócratas y republicanos en este aspecto. Biden no solo mantuvo gran parte de los aranceles impuestos por la administración anterior, sino que también introdujo nuevas barreras en sectores clave, especialmente el tecnológico. Esta “guerra tecnológica” ha buscado frenar el desarrollo de China en industrias estratégicas como la biotecnología o los semiconductores. A través de iniciativas como la “Chips and Science Act”, destinada a impulsar la producción de semiconductores en territorio estadounidense, o estrategias como el nearshoring y el friend-shoring, Washington intenta reducir su dependencia de componentes fabricados en China y reforzar sus cadenas de suministro con socios más afines. En este nuevo contexto, Pekín se ha convertido en el principal objetivo de la política comercial de Estados Unidos.
En respuesta, Pekín ha endurecido los aranceles sobre productos estratégicos, especialmente en el ámbito agrícola, y ha reforzado su estrategia de “circulación dual”, que busca impulsar el consumo interno y alcanzar una mayor autosuficiencia tecnológica. Asimismo, como ya se ha mencionado, China ha comenzado a diversificar sus relaciones económicas, estrechando lazos con países de todo el mundo. Un ejemplo claro de ello es su creciente presencia en África, donde ha realizado cuantiosas inversiones en infraestructuras, consolidando así su influencia global más allá del ámbito comercial.
Aunque el conflicto más determinante se libra entre estas dos superpotencias, existen otros actores internacionales cuya implicación puede influir en el devenir de los acontecimientos. La Unión Europea, por ejemplo, ha comenzado a aplicar controles más estrictos a la inversión extranjera. Australia e India están impulsando la diversificación de sus cadenas de suministro, alejándolas de la dependencia hacia China. Por su parte, muchos países en desarrollo se encuentran atrapados entre ambos gigantes, intentando obtener beneficios de la situación sin adoptar una postura clara. En paralelo, la Organización Mundial del Comercio ha tratado de mediar en el conflicto, aunque su capacidad real para resolver disputas de tal envergadura ha quedado seriamente cuestionada.
Reelección de Trump y su efecto en la guerra comercial
La reelección de Donald Trump supuso una reafirmación de su liderazgo político y una consolidación del proyecto proteccionista que había comenzado en su primer mandato. Con el control del Senado asegurado, Trump se sintió con margen para redoblar su ofensiva comercial contra China. Esto se tradujo en nuevos aranceles a productos clave, más restricciones a la exportación de tecnología avanzada y mayores trabas a las inversiones chinas en territorio estadounidense. Además, impulsó incentivos para repatriar fábricas a suelo estadounidense como parte de una ambiciosa -aunque poco fructífera- estrategia de reindustrialización.
Durante este breve, pero sin duda intenso período, Trump ha mantenido su estrategia de negociación habitual, caracterizada por un enfoque agresivo, confrontativo y eminentemente unilateral. También ha ejercido presiones sobre sus propios aliados, especialmente sobre aquellos que mantienen una mayor dependencia económica o comercial con Estados Unidos, como México o Canadá. El acto más destacable de lo que va de mandato podría haber sido el anuncio de la imposición de aranceles a prácticamente todos los países, en un evento que él mismo denominó «Liberation Day». En dicho acto, el presidente presentó una serie de aranceles que se aplicarían a diferentes países en función del déficit comercial que mantenían con Estados Unidos. Además del escándalo que supuso el hecho de que los datos mostrados por el presidente sobre dichos déficits fueran inventados -junto a otra serie de controversias en las que no entraremos aquí-, la enorme caída de los mercados bursátiles y las advertencias de expertos sobre una posible recesión obligaron al gobierno de Trump a suspender temporalmente la medida. Se anunció entonces una pausa de 90 días, durante la cual se retirarían todos los aranceles anunciados, con la única excepción de los aplicados a China, a quien se impuso un incremento adicional que elevó los aranceles sobre sus productos hasta el 125 %.

Figura 5. Trump durante la «Liberation Day», enseñando los aranceles que quería imponer a los productos del resto del mundo. Fuente: Fortune. (2025).
Mientras Trump continúa amenazando al mundo con su política comercial y persiste en una reindustrialización del país que, desde un principio, ha sido inviable, China no se ha quedado de brazos cruzados. Pekín ha respondido aumentando los aranceles sobre productos estadounidenses y ha intensificado su diplomacia económica. Ha logrado cerrar importantes acuerdos comerciales con algunos de los principales aliados de Estados Unidos, como Corea del Sur y Japón, con quienes ha acelerado las negociaciones para un tratado de libre comercio trilateral. Además, ha avanzado en sus relaciones con países de la Unión Europea, como España, con quien ha firmado un acuerdo en el ámbito de las energías renovables.
Repercusiones y futuro del conflicto
Lo que comenzó como un conflicto de aranceles se ha convertido en un conflicto estructural. El pulso entre ambas potencias se ha pasado otros sectores como la tecnología, la inversión, la diplomacia y la seguridad internacional. La guerra comercial ya no es simplemente una cuestión económica: se ha transformado en un enfrentamiento sistémico entre dos modelos distintos de entender el poder, la gobernanza y el papel del Estado en la economía global.
A nivel global, este clima de tensión ha favorecido el auge de políticas más proteccionistas y nacionalistas. Muchos países han empezado a relocalizar sus industrias estratégicas, a reforzar sus cadenas de suministros y a limitar la dependencia exterior. Esto puede conllevar a una fragmentación del comercio global en bloques geopolíticos que ponga fin a la globalización en los términos a los que los entendemos hoy en día.
Para Estados Unidos, la guerra comercial ha supuesto un cambio en su política exterior, centrada ahora mismo en contener el ascenso de China. Estamos viendo como el país capitalista por antonomasia, principal defensor históricamente del libre comercio, está optando por una estrategia proteccionista que nadie habría podido imaginar hace apenas unos años. El país norteamericano enfrenta grandes desafíos, como mantener su hegemonía económica y tecnológica, y buscar nuevas fuentes para abastecerse de productos clave como las tierras raras, para cuya obtención depende en gran medida de China a día de hoy.
China, por su parte, ha encontrado en este conflicto una oportunidad para acelerar sus planes de autosuficiencia tecnológica y fortalecer sus lazos con economías emergentes. Aunque las restricciones de EE. UU. han ralentizado su acceso a ciertos avances tecnológicos, Pekín sigue expandiendo su presencia económica a través de inversiones estratégicas en infraestructuras y recursos en África, América Latina y el Sudeste Asiático. Sin embargo, la presión externa también puede derivar en una mayor rigidez política interna y un nacionalismo económico más marcado. Además, China sigue presentando problemas internos como la ya comentada población envejecida, que puede suponer un duro golpe a la economía de no solucionarse.
Una de las partes más afectadas con este conflicto han sido sin duda las instituciones internacionales como la OMC, cuyos intentos para mediar en el conflicto y evitar una escalada han sido inútiles, quedando fuertemente debilitadas. Asusta la forma en la que los gobiernos han comenzado a ignorar a instituciones supranacionales y tratados que limitan ciertas actividades, haciendo que sus resoluciones queden en papel mojado. Si esta tendencia se consolida, el mundo podría entrar en una era posmultilateral, donde las reglas se diluyen y el poder se impone por la vía de los hechos. Esto supondría el fin del orden económico internacional que ha regido desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
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