
Frente a un panorama internacional cada vez más tenso, la ilusión de “paz perpetua” que muchos europeos abrazaron tras la Guerra Fría pertenece ya al pasado. Con vecinos estratégicamente desafiantes como Rusia o Marruecos cuestionando el statu quo europeo, la Unión Europea se ha visto obligada a replantear su forma de concebir la seguridad.
El llamado “rearme europeo”, que tanto debate ha generado estos últimos meses, no se limita a la compra de armamento ni a una simple reorganización militar: implica un giro profundo en la política del bloque, con nuevos presupuestos, proyectos conjuntos para el desarrollo de tecnología de defensa y una creciente integración del discurso militar en la narrativa política de Bruselas.
Las repercusiones de este proceso son enormes, y es que afectan tanto a la dinámica interna de la Unión como al equilibrio global, pudiendo redefinir el orden mundial en el que hemos vivido las últimas décadas. Para comprenderlo, conviene preguntarnos qué significa realmente el rearme europeo y cuáles son sus puntos clave. Pero antes, veamos cómo ha llegado la UE a la situación actual.
Economía europea, defensa estadounidense
Con el final de la Segunda Guerra Mundial, y Estados Unidos y la Unión Soviética sumergidos en una pugna por la hegemonía global, Europa se encontraba devastada. Sus economías estaban paralizadas tras años de conflictos y su fuerza defensiva casi inexistente.
Ante esta situación, y con el objetivo de contener el avance del comunismo en el continente, Estados Unidos, bajo la presidencia de Harry S. Truman, impulsó en 1948 el conocido Plan Marshall, un ambicioso programa de ayuda económica que permitió a los países europeos reconstruir y reactivar su industria. Esto, además de un salvavidas financiero, fue el primer paso hacia una dependencia de Europa respecto a Washington, la cual se consolidaría en 1949 con la creación de la OTAN.

Figura 1. Momento en el que Harry S. Truman firma la adhesión de Estados Unidos a la alianza de la OTAN, el 2 de agosto de 1949. Fuente: National Geographic, 2024.
Estos acontecimientos beneficiaron enormemente a ambas partes. Para Estados Unidos, suponía la creación de un baluarte frente al comunismo y la consolidación de una relación de dependencia con potencias clave como Francia o Alemania. Para Europa, en cambio, el paraguas de seguridad ofrecido por Washington a través de la OTAN permitió reducir considerablemente el gasto en defensa y concentrar sus recursos en la reconstrucción económica y en la construcción de un Estado de bienestar para su población. Podríamos decir que, en el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos asumía el “trabajo duro” de la seguridad militar frente a la amenaza soviética, mientras que Europa se dedicaba al “trabajo blando”, cohesionando y desarrollando su economía.
A esto se sumó, en 1951, el primer paso de lo que acabaría convirtiéndose en el proyecto internacional más exitoso de la historia: la Unión Europea. Ese año, seis países del continente -entre ellos dos rivales históricos como Francia y Alemania- crearon la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). El acuerdo suponía someter a una autoridad común dos recursos fundamentales para la guerra, lo que generaba una interdependencia material entre Estados que durante siglos habían estado enfrentados. Con ello, no solo se promovía la cooperación económica, sino que se eliminaba de raíz una de las principales fuentes de conflicto en Europa Occidental.
A medida que avanzaban las décadas, y pese a la creación de instituciones de integración como la Comunidad Económica Europea (CEE), los países europeos mantuvieron sus ejércitos bajo control nacional, sin coordinación ni una industria de defensa común. La seguridad del continente descansaba, casi por completo, en la protección estadounidense a través de la OTAN.
Con el fin de la Guerra Fría, los Estados europeos abrazaron la idea de una “paz perpetua” en el continente y comenzaron a considerar la inversión en defensa como un vestigio del pasado.
Los presupuestos nacionales sufrieron importantes recortes y se apostó por ejércitos más reducidos pero altamente profesionalizados. Mientras tanto, la OTAN se mantuvo en pie gracias al liderazgo de Estados Unidos, que continuó involucrándose en conflictos internacionales como Irak o Afganistán.
El resultado fue una dependencia estructural de Europa hacia Washington en materia de seguridad, mientras que el continente concentraba sus energías en la integración política y en su desarrollo económico.
Pero, ¿por qué rearmarse ahora?
Lejos de la idílica “paz perpetua” que concebían los europeos, el tablero global ha demostrado que el Viejo Continente debe prepararse para la posibilidad de nuevos conflictos.
Aunque a Europa no le faltan vecinos complejos, el verdadero punto de inflexión se produjo con la invasión a gran escala que Rusia lanzó contra Ucrania en febrero de 2022. A pesar de las advertencias, la ofensiva masiva tomó por sorpresa a la Unión Europea, que vio cómo su era de paz parecía llegar a su fin y reaccionó con rapidez para apoyar a Ucrania.

Figura 2. La imagen de tanques rusos entrando en Ucrania en febrero de 2022 marcó el fin de la era de la paz y obligó a Europa a despertar de golpe. Fuente: El País, 2022.
Un símbolo de este momento de inflexión fue el famoso discurso Zeitenwende -“cambio de era” en alemán-, pronunciado por el canciller Olaf Scholz, en el que anunció un giro histórico en la política exterior de Alemania, una nación que, tras la Segunda Guerra Mundial, había hecho del pacifismo su bandera.
La situación se complicó aún más con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, quien desde el inicio de su administración ha criticado duramente la dependencia europea de Estados Unidos y ha cuestionado el gasto de defensa de los países de la OTAN. Esta retórica, junto con la imposición de aranceles y barreras comerciales, ha subrayado la necesidad de que Europa fortalezca su autonomía estratégica.
Asimismo, la gestión estadounidense del conflicto de Ucrania, en particular, ha sido un claro revés para la UE. El bloque ha visto cómo la fiabilidad de su principal aliado ha sido puesta en entredicho, lo que ha acelerado el debate sobre la necesidad de una independencia militar europea real.

Figura 3. La extraña relación de Donald Trump con su homologo ruso y su discurso de que Ucrania es tan culpable de la guerra como Rusia generó un revuelo en Europa, acentuando más la necesidad de independizarse militarmente. Fuente: The Economist, 2025.
Por último, la presión interna generada por un número cada vez más grande de voces que exigen una mayor soberanía de la UE, también ha sido clave en esta decisión. La impotencia ante la incapacidad de intervenir en conflictos cercanos -como es el caso del Sahel– ha empujado a los líderes europeos a buscar una autonomía que les permita proyectar su poder más allá de sus fronteras y asumir un papel más activo en la gestión de crisis globales.
Un rearme a fuego lento: Avances y complicaciones
A pesar de las intenciones de la UE, el rearme es un proceso muy complejo de ejecutar. La primera y más evidente dificultad es la fragmentación de la industria de defensa: la falta de una cooperación real entre los Estados miembros provoca una producción ineficiente y cadenas logísticas descoordinadas. Esto genera una gran desventaja frente a competidores como Estados Unidos. Para entender la magnitud del problema es suficiente ver que, mientras que Estados Unidos dispone de un único modelo de tanque, en la Unión Europea conviven hasta 17 tipos distintos.
A esto se suma el problema de la dependencia de proveedores extranjeros, en particular de Estado Unidos. Si la Unión realmente aspira a una mayor autonomía militar, debe replantear la forma en que adquiere su armamento. De poco servirá impulsar un rearme europeo si este se sustenta en sistemas y tecnología procedentes de otras potencias, lo que perpetuaría la misma dependencia estratégica que se busca superar.
Además, la falta de consenso entre los 27 Estados miembros es un problema endémico de la Unión. Esta complejidad política ralentiza el proceso de toma de decisiones y lo hace desproporcionadamente más lento que en otras potencias.
Sin embargo, a pesar de las dificultades, el proyecto de rearme también ha materializado avances significativos. Con la presentación en 2022 de la Brújula Estratégica por Josep Borrell, la UE ha comenzado a materializar sus intenciones, poniendo en marcha diversas iniciativas y programas concretos que buscan sentar las bases de una política de defensa común y fortalecer la capacidad de Europa para actuar.

Figura 4. Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea, estableció con la Brújula Estratégica un camino ambicioso para la política de seguridad y defensa de la próxima década en Europa. Fuente: Centro de Documentación Europea, 2022.
Hemos visto, por ejemplo, un aumento significativo en el gasto en defensa de los Estados miembros. Con el objetivo de alcanzar -incluso en algunos casos de superar- el umbral del 2% del PIB fijado por la OTAN, el gasto militar de la Unión Europea creció un 19% sólo en 2024, el mayor incremento anual registrado hasta la fecha. Esto demuestra la relevancia y la prioridad que este asunto ha adquirido en la agenda continental, con algunos países ya superando ese objetivo.
A su vez, se ha creado el Fondo Europeo de Defensa, cuyo objetivo es unificar la inversión en I+D militar a nivel continental y reforzar la cooperación transfronteriza entre empresas y centros de investigación. Un ejemplo destacado es la compañía española Indra, que colabora con socios europeos como la belga Intersoft Electronics en el desarrollo de radares y sistemas antidrones. Además, Indra participa junto a empresas alemanas y francesas en el Futuro Sistema Aéreo de Combate (FCAS, por sus siglas en inglés), considerado el proyecto de defensa más ambicioso de Europa. Este programa busca desarrollar la próxima generación de sistemas de combate aéreo para las fuerzas armadas de Francia, Alemania y España, y se perfila como una pieza clave en el rearme europeo.
En caso de querer saber más, aquí os dejo un link a a página de Airbus -empresa colaboradora en el FCAS- donde se explica el proyecto más a fondo:
https://www.airbus.com/en/products-services/defence/future-combat-air-system-fcas
Por último, cabe destacar los esfuerzos de la Comisión Europea para incentivar que los Estados miembros reduzcan su dependencia del armamento extranjero y prioricen las adquisiciones dentro del continente. En esta línea, se ha fijado como objetivo que al menos el 65% de las compras de defensa se realicen a proveedores europeos, con el doble propósito de reforzar la autonomía estratégica y de apoyar directamente a la industria militar del bloque.
Implicaciones geopolíticas del rearme
En primer lugar, y siendo el punto más evidente, el rearme europeo supondría alcanzar una independencia estratégica sin precedentes. Con ello, la UE dejaría de ser vista únicamente como una potencia económica para consolidarse como un actor global capaz de equilibrar a Estados Unidos, China o Rusia. Pero esta autonomía no se limita al ámbito militar: también implica avanzar en soberanía tecnológica, con especial atención a la inteligencia artificial, los semiconductores y la ciberdefensa, pilares fundamentales para sostener cualquier poder militar y geopolítico en el siglo XXI.
Por otro lado, la probabilidad de generar tensiones dentro de la OTAN serían enormes, debido a que supondría un choque en el liderazgo de la alianza. La gran incógnita es si una Europa militarmente capaz se integraría en la OTAN de forma complementaria o, por el contrario, acabaría compitiendo con ella. Se plantea incluso la posibilidad de la creación de “mini alianzas” dentro del grupo, con una Europa occidental inclinada hacia una mayor autonomía estratégica y una Europa del Este decididamente proestadounidense, lo que rompería la cohesión del bloque atlántico.

Figura 5. Para los países del este, como la Polonia de Donald Tusk, la alianza con Estados Unidos ha sido durante años una garantía existencial frente a Rusia, por lo que son más reacios a su independizarse militarme de ellos.. Fuente: El confidencia, 2023.
Algo similar ocurriría en la industria de defensa. Si la UE consiguiera estandarizar y consolidar su producción militar, dejaría de ser vista como un simple mercado para fabricantes extranjeros y pasaría a convertirse en un competidor directo en el sector armamentístico global, lo que generaría nuevas tensiones geopolíticas.
Como es lógico, un rearme europeo de esta magnitud daría lugar a una reconfiguración de numerosas alianzas internacionales. Por un lado, la relación transatlántica dejaría de estar marcada por la dependencia de Europa hacia Estados Unidos, lo que probablemente enfriaría las relaciones. Por otro lado, potencias como China y, sobre todo, Rusia tendrían que ser mucho más cautelosas en sus maniobras, al enfrentarse a un bloque europeo con verdadera capacidad disuasoria. En paralelo, India podría aprovechar la coyuntura para estrechar lazos con la UE, pese a sus compromisos con Rusia o los BRICS -de hecho, actualmente ya se negocia un tratado de libre comercio-.
El caso de Turquía sería especialmente interesante, pues un distanciamiento entre Europa y Estados Unidos podría llevar a Ankara a rediseñar por completo su política de alianzas. Del mismo modo, otros países -desde socios tradicionales en Oriente Medio hasta actores emergentes en África o Asia- podrían ver en una Europa rearmada una oportunidad para forjar nuevas alianzas inesperadas.
El debate está servido
Como todo cambio con implicaciones tan profundas, el rearme europeo ha abierto un intenso debate dentro de la sociedad europea. A mi juicio -y es que esto es tan solo mi punto de vista-, en un contexto de tensiones crecientes, tener un poder defensivo fuerte se vuelve indispensable para garantizar la seguridad. Además -y viendo como se está apartando a la UE en negociaciones tan trascendentales como las de la guerra de Ucrania o el conflicto en Oriente Medio-, la UE necesita una fuerza militar creíble que le otorgue un peso real en la escena internacional y no la limite únicamente a su papel económico o diplomático. En otras palabras: si Europa quiere tener voz, necesita también músculo.

Figura 6. La imagen, tomada en marzo de 2022, ilustra el limitado rol de la UE en las negociaciones de paz sobre la guerra de Ucrania, que fueron mediadas por Turquía. Un claro ejemplo de que, sin fuerza militar, la influencia de Europa en la geopolítica sigue siendo insuficiente. Fuente: Política Exterior, 2022.
Sin embargo, no todo es positivo. Un rearme mal gestionado puede tener consecuencias muy negativas a largo plazo. No se trata de repetir los errores de la Francia napoleónica o la Alemania guillermina, donde la ambición militar acabó desbordando la política y condujo a guerras devastadoras. Una escalada de tensiones involuntaria o un enfoque extremadamente securitario podría conducir a escenarios desestabilizadores. Por eso, el verdadero reto no solo es rearmarse, sino hacerlo bajo una estrategia común, equilibrada y siempre subordinada al proyecto europeo.
Las diferencias de intereses dentro de la Unión Europea también complican la situación. Para ser un fuerza realmente relevante, la UE necesitaría un ejército unificado, algo difícil cuando Polonia exige una mayor militarización por su lógico temor a Rusia, el sur prioriza la seguridad y la gestión migratoria en el Mediterráneo, o Francia mantiene su visión estratégica ligada al poder nuclear. Y no olvidemos las reticencias de muchos Estados a ceder soberanía en materia de defensa, lo que dificulta cualquier avance real hacia una integración militar plena.
Por todo ello, y porque inevitablemente una mayor inversión en defensa implica restar recursos al Estado de Bienestar -uno de los pilares más característicos de Europa-, se abre un intenso debate en torno a esta cuestión. ¿Es realmente viable el rearme europeo? En caso de lograrse, ¿aportará más estabilidad al continente o, por el contrario, incrementará la inestabilidad? ¿Qué consecuencias tendría un mundo marcado por multipolaridad de fuerzas? Y, quizá uno de los puntos más importantes: ¿podría este proyecto sacar a la luz fracturas internas que terminen debilitando a la propia Unión Europea?
Fuentes bibliográficas
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