
Situado en el Magreb, con salida tanto al océano Atlántico como al mar Mediterráneo, y fronterizo con Argelia, Mauritania, el Sahara Occidental y España -a través de Ceuta y Melilla-, Marruecos lleva años impulsando su desarrollo con el objetivo de consolidarse como la potencia que lidere el continente africano.
Aprovechándose de su posición geográfica, Rabat ha hecho de puente con Occidente, consolidándose como un actor clave, y se ha proyectado hacia una África subsahariana, donde trata de aumentar su poder a base de inversiones, comercio y cooperaciones diplomáticas. Con todo esto, el país magrebí se pone el enorme objetivo de liderar el continente en esta nueva era.
Sin embargo, no todo es tan sencillo. El país, que vive bajo una monarquía constitucional, atraviesa una situación política interna inestable, marcada por el descontento de buena parte de la población con la gestión del rey Mohammed VI. Esta fragilidad interna podría poner en riesgo las aspiraciones exteriores de Marruecos. Pero antes de entender su papel actual, conviene repasar cómo ha llegado el país a esta situación.
De padres a hijos
Con el fin de los protectorados francés y español en 1956, Marruecos recuperó su independencia y Mohammed V asumió el trono, iniciando una etapa de reconstrucción nacional. Durante su breve reinado, trató de consolidar la unidad política del país y afrontó los primeros desafíos territoriales, como la guerra de Ifni Sáhara (1957-1958) contra España. Su mandato fue corto: en 1961 falleció, dando paso a su hijo Hassan II, quien marcaría profundamente la historia contemporánea del país.
La llegada al trono de Hassan II simbolizó el fortalecimiento del poder real tras la independencia. En su primer año de reinado se promulgó la primera Constitución de Marruecos, que establecía un sistema de monarquía constitucional alauita y de derecho divino, aunque en la práctica el monarca mantenía un control casi absoluto sobre el Estado. Asumió también el cargo de primer ministro, formó su propio gabinete e instauró un poder judicial “independiente” cuyo presidente del Tribunal Supremo -máxima instancia del sistema- era designado directamente por él. De este modo, Hassan II proyectaba una imagen de modernización institucional mientras consolidaba su autoridad pública.
Los años de mandato de Hassan II (1961-1999) son conocidos como los “Años de Plomo” debido a la resistencia del rey a la democratización del país y a la represión que derivó de ello. Este periodo se caracterizó por una política de control extremo sobre la oposición: se persiguió a disidentes políticos mediante secuestros, desapariciones y asesinatos; se realizaron ejecuciones extrajudiciales, como durante el conflicto de Sjirat en 1971; se procesaron delitos de opinión; se torturó a opositores y se aplicó una represión extremadamente violenta contra manifestaciones y otras protestas urbanas.

Figura 1. El largo reinado de Hassan II se caracterizó por un autoritarismo implacable y la represión sistemática de opositores, hechos que definieron los conocidos como «Años de Plomo» y consolidaron el poder absoluto del monarca.». Fuente: yabiladi, 2024.
Asimismo, el rey sobrevivió a dos intentos de golpe de Estado: el ya mencionado de Sjirat en 1971 y otro al año siguiente, cuando se encontraba a bordo de su avión privado. Estos sucesos llevaron a un control aún más férreo del país, con purgas en las fuerzas armadas y una creciente desconfianza hacia el monarca por parte de sectores militares y políticos.
Finalmente, en 1998, en un intento de oxigenar el sistema, ganar legitimidad internacional y facilitar el traspaso de poder a su hijo, Hassan II permitió que el principal líder de la oposición, Abderrahmane El Youssoufi, asumiera el cargo de primer ministro. Un año más tarde, tras la muerte de su padre, Mohammed VI sucedió a Hassan II como rey de Marruecos, marcando el comienzo de una nueva era para el país.
Reformas de fachada y la monarquía del “Dahir”
Con su ascenso al trono, Mohammed VI prometió romper con el autoritarismo de su padre. En 2004 creó la Instancia de Equidad y Reconciliación (IER), cuya misión era actuar como una comisión de la verdad, investigando los abusos cometidos durante los “Años de Plomo” y compensando a las familias afectadas. Aunque la iniciativa fue percibida como insuficiente -ya que los responsables no fueron juzgados-, representó un paso importante hacia la modernización política y la reconciliación del país. Asimismo, reformo la Mudawana, o código de familia, mejorando las condiciones de vida de las mujeres, elevando la edad mínima para contraer matrimonio a 18 años y regulando la poligamia, entre otras cuestiones.
Ese mismo año, Marruecos alcanzó el estatus de “aliado principal fuera de la OTAN” y firmó un tratado de libre comercio con Estados Unidos. En 2007, el país presentó un plan de autonomía para el Sahara Occidental -un tema vital en la política de Marruecos que ya traté en este otro artículo-; sin embargo, la propuesta no fue aprobada por el Consejo de Seguridad.
La Primavera Árabe de 2011 también tuvo repercusiones en Marruecos, empujando a Mohammed VI a promulgar una nueva Constitución con el objetivo de sofocar las protestas. La reforma otorgó más poder al jefe del gobierno, quien debía ser elegido entre los miembros del partido más votado, y reconoció formalmente las lenguas árabe y tamazight, así como una serie de derechos y libertades civiles. Sin embargo, el rey conservó amplias competencias, agrupadas en lo que se conoce como el “Ministerio de Soberanía”, un núcleo de control que se inscribe en la tradición del Makhzen, el aparato histórico de poder y lealtad que rodea y sirve a la monarquía. Las competencias de dicho ministerio incluyen la política interior, la exterior, la defensa y los asuntos religiosos, dejando únicamente el poder ejecutivo formal al jefe de gobierno. Esto le permite promulgar leyes a través de dahirs -decretos reales-, disolver el Parlamento, solicitar la dimisión de miembros del gobierno, declarar el estado de excepción, entre otras facultades, lo que le otorga un control muy significativo sobre la vida política del país.

Figura 2. En Marruecos, la Primavera Árabe se manifestó en el Movimiento 20 de Febrero que, gracias a la rápida concesión de una nueva Constitución por Mohammed VI en 2011, logró mitigar las protestas sin derrocar a la monarquía. Fuente:
Por último, Mohammed VI no ha dudado en ejercer presión en momentos clave, como la movilización de tropas a la isla del Perejil en julio de 2002, o el uso estratégico del control de flujos migratorios hacia la Unión Europea. Asimismo, ha logrado objetivos trascendentales, como el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental por parte de EEUU y España, pero de esto hablaremos más adelante.
¿Cuáles son las aspiraciones de Marruecos?
A pesar de su tamaño y posición, las aspiraciones de Marruecos no son nada desdeñables. De manera curiosa -pues cabría esperar que pusiera su foco en Europa u Oriente Medio- el país magrebí busca no solo consolidarse como una potencia regional, sino erigirse como líder de todo el continente africano. Y es que Mohammed VI ha decidido realizar un cambio estratégico, pivotando del tradicional foco europeo -como destino de ayuda y comercio- y el Mundo Árabe -donde la rivalidad con Argelia y las guerra han frenado la integración- hacia el sur.
Para avanzar en sus objetivos, Rabat está implementando una serie de estrategias destinadas a consolidar su posición y proyectarse en el resto del continente. Marruecos está invirtiendo grandes cantidades de dinero en infraestructura. Por un lado, ha ampliado su red de trenes de alta velocidad -la línea Al Boraq, que conecta Casablanca con Tánger, es la más larga de África-, aunque aún no existe conexión ferroviaria con países vecinos. Por otro lado, en 2007 inauguró el gigantesco puerto de Tánger Med, ubicado en el Estrecho de Gibraltar, que permite transportar de manera rápida y eficiente productos a través del Mediterráneo, especialmente automóviles, un sector en el que Marruecos ha invertido considerablemente para competir con los principales actores internacionales.

Figura 3. Símbolo de la estrategia de Mohammed VI, el Puerto Tánger Med es el mayor del Mediterráneo y el pilar logístico que une la logística de África con el comercio de Occidente. Fuente:
A todo esto se suma la ambición de Mohammed VI de convertir Marruecos en un hub energético para África. La inversión en este ámbito se centra en la producción y exportación de hidrógeno verde, aprovechando la abundancia de recursos solares y eólicos. Estos proyectos reciben financiación internacional, incluida España, a través de empresas como Acciona, que participan en el desarrollo de infraestructuras y plantas de energía renovable en el país.
Pero, como decíamos, Marruecos busca proyectarse hacia el sur. Su inversión ya no se limita a su territorio y -en competencia con potencias como China y Rusia, que también tratan de ganar influencia en el continente- financia infraestructuras a lo largo de la costa atlántica africana, una de las regiones menos desarrolladas del planeta. Desde su reingreso a la Unión Africana en 2017, el país ha invertido especialmente en países de África Occidental, como Mauritania, Senegal, Costa de Marfil o Nigeria. Con ello, Rabat no solo pretende consolidarse como una potencia garante de estabilidad, sino también ejercer poder blando, proyectando su influencia política y religiosa en el continente.
Por último, Rabat mantiene viva la idea del llamado “Gran Marruecos”, una noción histórica que agrupa diversas reclamaciones territoriales, entre ellas el Sahara Occidental -ocupado en su mayor parte por Marruecos-, así como las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Aunque las Islas Canarias no forman parte de una reivindicación oficial, han surgido ocasionalmente tensiones discursivas en torno a la delimitación marítima. De hecho, Marruecos, España y Portugal se encuentran inmersos en una disputa por la extensión de sus ZEE en el Atlántico, un espacio estratégico que ninguno de los tres parece dispuesto a ceder.

Figura 4. Mapa político que muestra la idea del «Gran Marruecos». Fuente: El Orden Mundial, 2023.
Inestabilidad y descontento entre la población marroquí
Sin embargo, por muchos objetivos que se plantee el gobierno marroquí, nada de esto podrá ser efectivo si su propio país no lo permite. Y es que el descontento de la población con la gestión del rey es algo cada vez más visible.
Por un lado, una parte de la población marroquí critica a su monarca por su prolongada ausencia del país, y es que Mohammed VI pasa largas temporadas en sus residencias de lujo en París y Pointe-Denis (Gabón), lo que alimenta la percepción de que se mantiene distante de los asuntos nacionales. Por otro lado, la mayoría de la población enfrenta condiciones de pobreza, desigualdad e inestabilidad social, lo que contrasta con la imagen de modernidad que el régimen trata de proyectar hacia el exterior.
Este malestar acumulado en la población desató, el pasado mes de septiembre, una oleada de protestas que estalló tras la muerte de ocho mujeres sometidas a cesáreas durante el parto en un hospital público, indicador de la precariedad y falta de recursos básicos. Inspirados por la movilizaciones comenzadas en Nepal, muchos jóvenes marroquíes salieron a las calles para denunciar la falta de atención del gobierno al deterioro de su nivel de vida. Entre las principales quejas destacaba la inversión millonaria destinada a la organización del Mundial de Fútbol de 2030, en contraste con el estado precario de los servicios públicos.

Figura 5. Las protestas juveniles GenZ212 estallaron en Marruecos para denunciar la mala calidad de vida y la precariedad de los servicios públicos, priorizando la inversión en el Mundial sobre las necesidades sociales. Fuente: El Correo, 2025.
Marruecos en el tablero internacional
La política exterior marroquí se caracteriza por la diversificación y el pragmatismo estratégico.
Como aliado principal -al que considera garante de seguridad y estabilidad geopolítica- Rabat tiene a Estados Unidos. Apelando a la retórica de haber sido el primer país en reconocer la independencia estadounidense en 1777, Marruecos se presenta como uno de los socios más fiables de Washington y como el principal puente entre Occidente y África.
El país magrebí goza del estatus de aliado clave no-OTAN y mantiene una estrecha cooperación militar y de inteligencia con el estado yankee, que incluye la venta de material militar avanzado -como cazas F-16 modernizados y drones de combate- y la organización conjunta de maniobras militares como el programa African Lion, el mayor ejercicio militar del continente africano.
Asimismo, en 2020, durante el mandato de Donald Trump, Marruecos firmó los Acuerdos de Abraham, normalizando sus relaciones diplomáticas, económicas y de seguridad con Israel. A cambio, Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un logro diplomático de enorme relevancia para Rabat.
El acuerdo supuso un movimiento estratégico brillante para Marruecos: además de avanzar en su proyecto del “Gran Marruecos”, estableció una alianza tecnológica y militar con Israel, especialmente en materia de defensa y ciberseguridad. Ejemplo de ello es la adquisición del software de origen israelí Pegasus por parte de Marruecos. Esta nueva cercanía también reforzó el lobby pro-marroquí en Washington, consolidando la posición del reino.
A nivel regional, Argelia ha sido la rival histórica de Rabat. Con un eje de influencia ideológica opuesto -pues Argel siempre estuvo alineado primero con la URSS y, más tarde, con Rusia-, las tensiones entre ambos estados han desembocado en conflictos recurrentes, como la Guerra de las Arenas de 1963 o el apoyo incondicional de Argelia al Frente Polisario, la fuerza de resistencia saharaui.
Aunque las relaciones se suavizaron temporalmente gracias a acuerdos bilaterales, la tensión ha vuelto escalar estos últimos años. En 2021, Argelia rompió relaciones diplomáticas con Marruecos, acusándolo de estar detrás de incendios forestales en la región de Cabilia y de apoyar a grupos separatistas. Como represalia, Alger castigó a Rabat cortando, en octubre de ese mismo año, el Gasoducto Magreb-Europa (GME), que transportaba gas argelino hacia España y Portugal atravesando territorio marroquí. Esta decisión no solo afectó a la península ibérica, sino que también privó a Marruecos de los ingresos por el tránsito y del suministro directo de gas, del que dependía parcialmente para su consumo interno.

Figura 6. Mapa de los gasoductos que unen África y Europa, donde las líneas ralladas indican los gasoductos que están actualmente en construcción. Fuente: nuevatribuna.es, 2025.
Rabat tuvo que reaccionar con rapidez y se vio obligada a buscar alternativas. A día de hoy importa Gas Natural Licuado (GNL) de mercados internacionales, el cual es regasificado en plantas españolas y posteriormente transportado por el mismo GME a Marruecos. Esto ha generado una dependencia energética hacia España.
Sin embargo, como contrapeso, Marruecos ha acelerado su proyecto del Gasoducto Nigeria-Marruecos, el cual busca, por un lado, rivalizar con las rutas energéticas argelinas, y al mismo tiempo, reforzar el plan del reino de convertirse en un hub energético regional.
Por último, Marruecos mantiene una relación especialmente compleja con España. Por un lado, Rabat reclama la soberanía sobre Ceuta y Melilla, y ha utilizado los flujos migratorios como instrumento de presión política hacia Madrid y a la Unión Europea, que ha delegado gran parte del control fronterizo en los países del norte de África. Así, la relajación de los controles marroquíes ha derivado en entradas masivas de migrantes en territorio español, provocando crisis diplomáticas periódicas.
Además, España perdió parte de su margen de presión tras la decisión del gobierno de Pedro Sánchez de respaldar el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental en el año 2022. No obstante, Madrid también conserva importantes cartas de influencia. Como mencionaba antes, la dependencia energética de Marruecos respecto a España es evidente, ya que el GNL que llega al reino alauí pasa actualmente por infraestructura española.

Figura 7. Marruecos depende de la infraestructura española para la regasificación del GNL importado, ya que España es el país de la región con la mayor y más crucial capacidad de terminales operativas. Fuente: 20 minutos, 2021.
Asimismo, la interconexión comercial entre ambos países es profunda: España es tanto el primer proveedor como el primer cliente de Marruecos, lo que limita el margen de confrontación económica de Rabat. En materia de seguridad, la cooperación bilateral se mantiene activa, especialmente en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado, aunque Madrid conserva herramientas de presión en sectores sensibles como el agrícola y el pesquero.
¿Qué esperar de Marruecos?
Como hemos visto, Marruecos no se achanta ante los desafíos y se ha fijado metas ambiciosas para consolidarse como potencia regional. Su apuesta por la infraestructura, las energías renovables y el sector automotriz está dando frutos y contribuye a reforzar su proyección internacional. No obstante, los obstáculos internos que debe superar para alcanzar esas metas son igualmente significativos.
En primer lugar, la creciente frustración social refleja un malestar profundo con el nivel de vida y la falta de oportunidades. La escasez de mano de obra cualificada ralentiza el proceso de modernización, en un contexto donde muchos jóvenes encuentran grandes dificultades para acceder a una educación de calidad y a empleos estables.
A ello se suma la incertidumbre política, marcada por la salud delicada del rey Mohammed VI -que parece sufrir una enfermedad autoinmune- y por las dudas sobre la dirección que tomará el país cuando su heredero asuma el trono. Este último parece mostrar una visión más conservadora, cercana a la de su abuelo Hassan II, lo que genera inquietud en el panorama internacional.
Así Marruecos se enfrenta a una paradoja: mientras busca liderar el continente africano desde la estabilidad y el crecimiento, sus tensiones internas podrían convertirse en el mayor freno a sus aspiraciones de grandeza. ¿Logrará Marruecos dirigir el futuro de África o quedará preso entre la ambición y sus propios límites?
Fuentes bibliográficas
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