
Con el estallido de la guerra de Ucrania, Europa sufrió una crisis energética severa. La lentitud con la que muchos países pusieron en marcha planes para reducir su dependencia del gas ruso obligó a recurrir urgentemente a nuevas fuentes de energía tras el bloqueo de los gasoductos procedentes de Rusia. Ese choque aceleró un giro en la estratégica energética continental. Millones de europeos volvieron su mirada hacia el sur, una región con enorme potencial para desarrollar las energías del futuro: las renovables.
Ante esta coyuntura, España ha visto una oportunidad histórica. Gracias a su privilegiada geografía, su clima y sus recursos naturales, aspira a aprovechar el auge de las renovables para –además de abastecerse internamente– proyectarse como un hub energético clave tanto en Europa como en el norte de África. En ese sentido, las inversiones en infraestructuras eléctricas y en generación renovable no han cesado, y poco a poco el país avanza hacia ese ambicioso objetivo. Pero este camino no está libre de retos, y es que, sin una planificación cuidadosa y una aceleración en su desarrollo, España podría ver amenazados sus planes de liderazgo energético.
Veamos primero qué es exactamente eso que llaman “hub energético” y porque es tan importante dentro del plan estratégico de la Unión Europea.
Un hub energético para Europa
Un hub energético es un punto geográfico estratégico que concentra infraestructuras críticas relacionadas con la energía. Esto incluye capacidad de producción, almacenamiento, distribución mediante centros logísticos y, sobre todo, una red avanzada de interconexiones con otros territorios.
La principal ventaja de estas regiones es que generan mayor liquidez en los mercados energéticos, tanto para el propio país productor como para los vecinos que comercian con su energía. Además, contribuyen a estabilizar los precios, mejorar la seguridad de suministro y aumentar la resiliencia del sistema energético de los países abastecidos.
Todas estas ventajas son precisamente las que la Unión Europea ha estado buscando con urgencia desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania en 2022. Y es que, más allá de reducir la dependencia del gas ruso, un hub energético como el que puede consolidarse en España aportará múltiple beneficios adicionales a la UE:
- Mayor seguridad y diversificación en el origen de los recursos, lo que contribuiría a estabilizar los precios y mejorar el bienestar social de los Estados miembros.
- Un aumento de la autonomía estratégica, reforzando la capacidad europea, para resistir presiones o decisiones unilaterales de terceros países.
- Un impulso decisivo al plan de transición ecológica, facilitando el cumplimiento de los objetivos climáticos que la UE se ha fijado para la próxima década.
Pero, ¿por qué España?
Que España tenga un enorme potencial no es casualidad. En primer lugar, el país ibérico juega un papel fundamental como punto de entrada de gas para el mercado europeo. Con siete regasificadoras activas y múltiples centros de almacenamiento, España se ha convertido en un actor esencial en el comercio de gas natural licuado (GNL) dentro de Europa. A ello se suma la conexión directa con el norte de África a través del gasoducto Medgaz, que une Argelia con Almería y aporta hasta 10 mil millones de metro cúbicos(10 bcm) anuales de capacidad. Aunque la relación bilateral entre España y Argelia atraviesa tensiones debido al giro español sobre el Sáhara Occidental, los flujos energéticos se han mantenido relativamente estables, lo que demuestra el peso estratégico que estos suministros tienen para ambas partes.

Figura 1. Mapa de las infraestructuras de gasoductos y plantas regasificadoras de España. Fuente: El Comercio, 2022.
Además, la posición geográfica de España como puerta atlántica le concede una ventaja estratégica: permite diversificar proveedores, mejorar la seguridad de las rutas y reducir la vulnerabilidad ante crisis geopolíticas. Combinada con contratos de GNL con países diversos como Estados Unidos o Qatar, esta estructura otorga al sistema energético español una resiliencia muy superior frente a interrupciones externas.
De este modo, España podría funcionar como un back-up confiable para Europa en momentos de tensión energética, garantizando tanto su propio suministro como la posibilidad de reexportar gas a otros países.
Pero el verdadero potencial se encuentra en el ámbito de las energías renovables. Con una geografía excepcionalmente diversa y abundante en horas de sol y en recursos eólicos, España disfruta de una capacidad para producir energía renovable muy superior a la del norte y centro de Europa. Esta ventaja natural permite generar electricidad más barata y eficiente, otorgando al país una clara ventaja competitiva frente a otros actores geopolíticos.
España ya se sitúa entre los líderes europeos en capacidad renovable instalada y figura, además, entre las potencias más avanzadas a escala global. De manera habitual, el país alcanza cuotas de generación renovable por encima del 50% del mix eléctrico, llegando en ocasiones al 60% e incluso 70%. Este desempeño no solo refleja una madurez tecnológica y solidez de red, sino también un notable potencial para generar excedentes exportables e incluso contribuir a la descarbonización de los países vecinos. En términos netos, España es ya una productora limpia consolidada.

Figura 2. Gráfico de la composición del mix de generación de electricidad en España en 2024, mostrando el reparto porcentual entre las distintas fuentes de energía. Fuente: Red Eléctrica, 2025.
Por último, y enlazando con el papel del gasoducto argelino mencionado anteriormente, España podría desempeñar una función de “bisagra energética” entre África y Europa. Gracias a su infraestructura y ubicación, el país tiene la capacidad de actuar como vía de tránsito para la energía solar procedente del Sáhara o para el hidrógeno verde producido por países como Marruecos. En este sentido, su papel como hub de transporte y distribución de energía –tanto fósil como renovable– podría reforzarse significativamente en las próximas décadas.
Desafíos técnicos y vecinos molestos
A pesar de todo el potencial que tiene el país, los retos que tiene por delante son también de gran magnitud. Para empezar, la masiva penetración de energías limpias, si bien es una fortaleza, introduce retos técnicos adicionales. El infame “apagón” que sucedió en abril de este mismo año, por ejemplo, puso en evidencia la necesidad de gestionar la falta de inercia del sistema o el riesgo de congestión en momentos de máximo aporte renovable combinado con baja demanda de energía.
Ante estas circunstancias, la Red Eléctrica de España (REE) se ve obligada a aplicar medidas para limitar la producción renovable, evitando desequilibrios y protegiendo el sistema. Esta realidad subraya la urgencia de una doble inversión: por una lado, en almacenamiento –baterías de gran escala por ejemplo– y, por otro, en reforzar la interconexiones con Europa para permitir que esos excedentes se exporten de forma segura en lugar de desperdiciarse.
Y es precisamente en este segundo punto donde aparece el mayor obstáculo estructural: el cuello de botella de los Pirineos. España y Francia apenas alcanzan un 7% de interconexión eléctrica, muy lejos del 15% fijado por la UE para 2030. Durante décadas, Francia ha frenado proyectos de conexión porque la energía renovable española competiría directamente con su potente industria nuclear. Así, el bloqueo francés no solo limita el crecimiento energético español, sino que también convierte a España en una “isla energética”, incapaz de evacuar toda la electricidad que es capaz de producir y de consolidarse como el hub europeo que podría ser.
En 2019, Francia logró vetar desde la Unión Europea el proyecto MidCat, que buscaba conectar Cataluña y el sur de Francia mediante un gasoducto cuya construcción quedó a medio camino tras el veto. Sin embargo, tras el estallido de la invasión rusa de Ucrania y el cambio en el equilibrio geopolítico europea, París modificó parcialmente su postura y aceptó impulsar un nuevo proyecto: el H2Med, un corredor energético que conectaría ambos países, pero destinado exclusivamente al transporte de hidrógeno verde(H2V). A diferencia del MidCat, centrado en el gas –un recurso en que Francia no tenía interés estratégico–, el H2V si encaja en la estrategia francesa de descarbonización y en su intención de reforzar su papel dentro del mercado energético europeo.

Figura 3. Mapa donde se muestra el recorrido del gasoducto H2Med (en verde) y cómo conecta las redes españolas con el resto de Europa. Fuente: El periódico de la energía, 2024.
Por último, como en todo gran proyecto de desarrollo dentro de la Unión Europea, la regulación, la burocracia y la financiación son factores cruciales. Para consolidar su posición como hub energético, España debe superar una larga lista de retos: completar y modernizar su red interna, agilizar procesos administrativos, garantizar estabilidad regulatoria y definir tarifas competitivas para el hidrógeno verde entre otras. Todo ello debe hacerse además dentro de una ventana de oportunidad limitada; si el país no actúa con rapidez y coordinación, corre el riesgo de perder el liderazgo que hoy tiene al alcance.
El H2V como punta de lanza
El hidrógeno verde es una molécula de hidrógeno (H2) producida mediante electrólisis del agua –la separación de los átomos de oxígeno e hidrógeno– utilizando exclusivamente energía procedente de fuentes renovables. Al emplearse, este gas no genera emisiones de gases de efecto invernadero, por lo que se considera un vector energético plenamente limpio.
Su uso más destacable es precisamente ese: funcionar como vector energético. Su elevada densidad energética –superior a la de la gasolina o del GNL– permite almacenar grandes cantidades de energía y transportarla con mayor facilidad. Resulta especialmente interesante para sectores industriales que requieren altas temperaturas, como la siderurgia, la producción de cemento o los fertilizantes, ámbitos donde las baterías siguen siendo insuficientes o ineficientes y donde hoy todavía se depende del carbón o del gas natural.

Figura 4. Ilustración que muestra el proceso de obtención del hidrógeno verde y su distribución. Fuente: gettyimages.
Asimismo, el H2V está estrechamente ligado a la estrategia climática de la Unión Europa, que lo considera un pilar clave para la descarbonización de la industria pesada y del transporte. Sin embargo, no es un desarrollo exclusivo europeo: países como Marruecos, Arabia Saudí o China están invirtiendo también cantidades significativas para posicionarse como productores y exportadores globales.
Y una vez más, España presenta un gran potencial en el desarrollo de esta nueva forma de energía. El coste de producir hidrógeno verde está directamente relacionado con el precio de la energía renovable, lo que convierte al H2V español en uno de los más competitivos de Europa. Además, para el desarrollo interno del país, la inversión en lo que llaman “valles del hidrógeno” –muchos de los cuales se están implantando en la denominada “España vaciada”– está generando empleo de alto valor añadido y puede convertirse en un factor clave para la repoblación de territorios afectados por el éxodo rural.
Dentro de esta estrategia, el proyecto H2Med, del que hablábamos antes, es crucial: permitirá a España exportar todo el hidrógeno verde que sea capaz de producir hacia el resto de Europa, posicionándose no solo como productor principal, sino también como un centro de desarrollo tecnológico asociado a estas nuevas energías.
Implicaciones geopolíticas
Como es evidente, España sería la principal beneficiaria de este progreso. De hecho, ya está empezando a notar ciertos cambios: el avance de su infraestructura energética y renovable está atrayendo importantes inversiones extranjeras, entre las que destaca especialmente la llegada de capital chino en proyectos de construcción e I+D, generando riqueza de alto valor añadido.
Asimismo, el país ibérico pasaría de ser un simple receptor energético a convertirse en un actor de primer orden. Dentro de la Unión Europea, España se convertiría en un socio indispensable para la seguridad energética del bloque, ganando como consecuencia un mayor peso político en las decisiones de Bruselas. Además, podría asumir un rol de mediador energético entre África y Europa, reforzando aún más su posición estratégica.
Para Europa, el hecho de que España se convierta en un hub energético contribuiría a incrementar la seguridad y resiliencia de los suministros, así como a acelerar el cumplimiento de los objetivos del Green Deal. Igualmente, permitiría a España actuar como motor de la política exterior europea hacia los países del norte de África y consolidar una mayor competitividad en los precios de la energía, haciéndolos más bajos y estables, un factor clave para competir con las grandes potencias globales.
Mientras tanto, Rusia sería la principal afectada, ya que perdería gran parte de su influencia política sobre los países europeos, a los que ya no podría presionar mediante la dependencia del gas.
Por otro lado, China juega un papel clave. Al ser líder mundial en el sector de la energía solar y las baterías, Europa debería tener cuidado de no sustituir la dependencia del gas ruso por una dependencia tecnológica de China, especialmente en almacenamiento energético. Aquí cobra especial relevancia el desarrollo del hidrógeno verde, donde Europa puede tener una producción soberana. Además, China muestra un gran interés en los avances tecnológicos de España y ya ha invertido cantidades significativas en proyectos estratégicos. España debe aprovechar esta alianza, pero con precaución, para evitar depender excesivamente de un actor externo.
Por último, España tendrá que competir con otros posibles estados emergentes en el sector energético, especialmente en Oriente Medio, donde se están realizando fuertes inversiones en hidrógeno verde y azul, como parte de un esfuerzo por diversificar y sustituir los recursos fósiles limitados. Esto subraya la importancia de que España actúe con rapidez y coordinación para consolidarse como líder en esta nueva economía energética.
Fuentes bibliográficas
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