
En el corazón de Asia Central se encuentra una región cuya historia reciente parece un ciclo ininterrumpido de conflictos y cambios de régimen. Durante décadas, Afganistán ha ocupado los titulares de la prensa internacional, convirtiéndose en el escenario de una de las tramas geopolíticas más complejas de nuestra era. Hoy, tras el regreso al poder de un movimiento islamista radical que gobierna bajo una interpretación extrema de la sharia, el país se enfrenta a un retroceso que muchos creían superado.
Tras la precipitada retirada de las tropas de la OTAN en 2021, los talibanes —que aguardaban durante veinte años su momento de resurgir— recuperaron el control total del territorio en apenas unas semanas. A pesar de sus intentos iniciales por proyectar una imagen de moderación, la realidad actual muestra un régimen que ha blindado sus fronteras y ejerce una represión sistemática sobre su población. Para comprender cómo se ha llegado a este punto, veamos primero donde comenzó a fraguarse la situación actual.
La guerra Afgano-Soviética y la Operación Ciclón
Tras el golpe de Estado de 1978, la llamada Revolución de Saur instauró un Estado socialista en Kabul. La brutalidad de sus reformas —que buscaban imponer un modelo laico y marxista por la fuerza— chocó frontalmente con las raíces islámicas y tribales del país, provocando el alzamiento de los muyahidines —combatientes de la “guerra santa”—. La inestabilidad interna alcanzó su clímax con el asesinato del líder afgano a manos de su rival, Hafizullah Amin. Ante el temor de perder su zona de influencia, la URSS invadió el país en 1979, iniciando una década de ocupación sangrienta.
Lo que el Kremlin proyectó como una intervención rápida se convirtió en su propia “Vietnam”. Estados Unidos, en plena Guerra Fría, vio una oportunidad de oro para desangrar a su enemigo y activó la Operación Ciclón. A través de esta red, la CIA y sus aliados inyectaron miles de millones de dólares y toneladas de armamento a la insurgencia islamista.

Figura 1. Los primeros años de la operación, Estados Unidos se limitó a financiar y armar a los muyahidines con antiguo armamento soviéticos —como fusiles AK-47—. Fuente: France 24, 2021.
Con la llegada de Reagan, el suministro de misiles Stinger cambió las reglas del juego, permitiendo a los muyahidines derribar la aviación soviética. En este ecosistema de fervor religioso y dinero occidental, figuras como Osama Bin Laden ganaron relevancia, operando en la misma red de voluntarios árabes que Occidente alimentaba para desgastar a la URSS. En 1989, derrotada y exhausta, la Unión Soviética firmó en Ginebra unos acuerdos para su retirada del país, dejando tras de sí un país en ruinas y una generación de combatientes altamente armados e ideologizados.
En aquel entonces, la visión que se proyectaba en Occidente sobre los grupos islamistas era muy diferente a la que tenemos en la actualidad. Dejo un artículo donde se analiza como se justificaba el apoyo occidental a lo muyahidines:
«Cuando los yihadistas eran nuestros amigos» – Le Monde diplomatique
La guerra no terminó con la salida de los tanques soviéticos. La URSS mantuvo la financiación del gobierno socialista hasta su propia disolución en 1991; en ese momento, el régimen afgano se quedó sin oxígeno y cayó frente a las milicias muyahidines. En 1992, los muyahidines firmaron el Acuerdo de Peshawar para tomar control del país, pero el éxito fue breve. Los antiguos aliados no supieron gobernar y se enzarzaron en una nueva guerra civil fratricida que arrasó Kabul.
Fue en este vacío de poder, entre el caos y el terror hacia los civiles, donde surgieron los talibanes —“estudiantes” en lengua pastún—. Este movimiento, nacido en las escuelas coránicas de la frontera de Pakistán, prometía algo que el país anhelaba tras décadas de sangre: orden, seguridad y el fin de la corrupción, aunque fuera bajo la aplicación de la sharia más estricta y radical.
El primer gobierno Talibán
En 1996, los talibanes instauraron un régimen de una dureza medieval. Se normalizaron las ejecuciones públicas y mutilaciones en estadios, mientras las mujeres eran borradas de la vida pública. Bajo su mando, Afganistán se convirtió en el santuario global de Al-Qaeda.

Figura 2. El estadio de Kabul fue uno de los escenarios que los talibanes utilizaban para realizar castigos como ejecuciones públicas, azotes o amputaciones. Fuente: BBC, 2025.
La educación moderna fue erradicada. Basándose en una interpretación ultraortodoxa que prohibía representar seres vivos, quemaron libros y fotografías, sumiendo al país en un analfabetismo extremo donde el único estudio permitido era la memorización del Corán.
Este aislamiento se rompió el 11 de septiembre de 2001. Al-Qaeda, liderada por Osama Bin Laden y protegida por el gobierno talibán, ejecutó los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Como respuesta, George W. Bush invocó por primera y única vez en la historia el Artículo 5 de la OTAN —que establece la defensa colectiva de sus miembros—. Pocas semanas después, una coalición liderada por EE.UU. entró en Afganistán con el objetivo —al menos de cara al público— de desmantelar la red terrorista y deponer al régimen que la cobijaba.
Dos décadas de intervención
El 7 de octubre de 2001, Estados Unidos inició el bombardeo de instalaciones estratégicas de los talibanes y de Al-Qaeda, alcanzando ciudades clave como Kabul, Kandahar y Jalalabad. Tras una operación relámpago, la coalición logró tomar la capital y obligó a los talibanes —quienes se negaron a entregar a Bin Laden— a replegarse hacia las escarpadas montañas del este del país y el oeste de Pakistán. Mientras las principales ciudades caían una tras otras, el régimen se desvanecía de la superficie, pero no desaparecía: comenzaba así una larga espera estratégica.
Durante las dos décadas de ocupación, una parte de la población afgana experimentó un cambio histórico en sus libertades individuales. Bajo los gobiernos de Hamid Karzai y, posteriormente, Ashraf Ghani, las tasas de alfabetización crecieron exponencialmente y las mujeres recuperaron derechos fundamentales, volviendo a las aulas y a los puestos de trabajo. Kabul se transformó en una ciudad con una cultura urbana moderna y una prensa activa que contrastaba con el silencio del primer emirato.
Paralelamente, Estados Unidos centró sus esfuerzos militares en descabezar a la insurgencia. En 2011, la misión de las fuerzas especiales en Pakistán que terminó con la vida de Osama Bin Laden marcó el clímax de la lucha contra Al-Qaeda. No obstante, mientras Occidente celebraba la eliminación de sus líderes, los talibanes mantenían una guerra de desgaste en las zonas rurales, esperando a que el interés internacional decayera y aprovechando la creciente corrupción del nuevo gobierno afgano para ganar adeptos.
A través del tráfico de opio y heroína, el cobro de impuestos en las zonas bajo su control y el posible apoyo logístico de países vecinos como Pakistán o Irán —quienes siempre han negado estas acusaciones—, los talibanes lograron construir una maquinaria financiera sólida. Se estima que generaban cerca de 1.500 millones de dólares anuales, una fortuna que les permitió resistir el desgaste de una guerra irresoluble para un Estados Unidos que, con el paso de los años, empezó a ver Afganistán un pozo sin fondo de recursos y vidas.
Con la misión original de capturar a los líderes yihadistas ya cumplida, el apoyo interno a la ocupación en Occidente se desplomó. Esto llevó a que, a finales de 2014, se firmará un pacto para reducir drásticamente la presencia de tropas de la OTAN, dejando la seguridad del país principalmente en manos de un ejército afgano frágil y corroído por la corrupción. Esta retirada parcial abrió la ventana que la insurgencia estaba esperando: los talibanes respondieron con una brutal campaña de atentados, demostrando que nunca se habían ido y que el control del gobierno de Kabul sobre el territorio no era más que un espejismo.

Figura 3. La eliminación de Osama Bin Laden y el descabezamiento de la cúpula yihadista, sumados a la ausencia de una hoja de ruta política clara, terminaron por erosionar el propósito de la misión ante la opinión pública occidental. Fuente: CBS News, 2011.
Esta situación se mantuvo hasta el año 2020, cuando Donald Trump firmó el Acuerdo de Doha para la retirada definitiva. Un año después, Joe Biden ejecutaba el plan ignorando las advertencias de sus aliados de la OTAN, quienes preveían que el vacío dejado por Estados Unidos provocaría el colapso inmediato del país. Sin embargo, la decisión estaba tomada. Desde la administración de Obama, Washington buscaba desesperadamente una salida de Afganistán, una guerra que se había convertido en un pozo de recursos y sin un objetivo claro.
La salida de las tropas estadounidenses se realizó de forma apresurada y caótica, dejando al gobierno afgano a su suerte. El ejército local, que durante años había dependido del apoyo aéreo y logístico de EE.UU., se sintió abandonado. Esta desconexión total entre Washington y Kabul fue interpretada por muchos como una “entrega” del país a los islamistas, quienes no tardaron en aprovechar el desmoronamiento de la moral de las fuerzas gubernamentales.
Nuevo régimen, nuevos talibanes
En julio de 2021, mientras se cumplía el calendario de la retirada estadounidense, los talibanes lanzaron una ofensiva relámpago que desarticuló al ejército afgano. No fue una victoria fruto del azar, sino el clímax de una estrategia calculada. Y es que, desde 2020, el grupo se había dedicado a tomar puestos militares y carreteras clave, estrangulando las comunicaciones del país antes del golpe final.
La caída de la estratégica ciudad de Zaranj fue la primera pieza de dominó. Tras ella, Kabul se desplomó en apenas unos días. Esta maniobra fue el primer aviso de que esta nueva generación de talibanes era muy diferente a la de los años 90. Estos líderes había aprendido de décadas de terrorismo global, eran seguidores devotos de la línea de Al-Qaeda y muchos de ellos se habían radicalizado aún más tras su paso por prisiones como Guantánamo.
Esta nueva cúpula es más madura, resentida y, sobre todo, políticamente más inteligente. Los cuadros que se exiliaron en Pakistán recibieron educación y formación política, lo que les permitió regresar con una plan de gobierno estructurado y letal. Al tomar el poder, no hubo caos interno. Llegaron con planes de ejecución claros y listas negras con nombres de periodistas, activistas y antiguos miembros del gobierno.
En un primer momento, el nuevo régimen talibán se presentó ante la comunidad internacional con una discurso de aparente moderación, asegurando que se respetarían ciertos derechos alcanzados durante los años de ocupación occidental. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que aquello no fue más que una estrategia de relaciones públicas para intentar esquivar las sanciones y el aislamiento financiero. Una vez consolidado el control sobre el territorio, el Emirato comenzó a desmantelar cualquier rastro de libertad, imponiendo una vez más su interpretación de la sharia.
Hoy, la Kabul moderna de la que hablábamos no es más que un recuerdo. Afganistán vive un apartheid de género sistemático, donde las mujeres han sido borradas por completo de la educación, el trabajo y la vida social, llegando incluso a prohibirles hablar en público. La represión es total, con persecuciones constantes de la comunidad homosexual, antiguos colaboradores del gobierno derrocado y cualquier voz disidente. El regreso de los castigos corporales, las amputaciones y las ejecuciones públicas confirma que, aunque sus líderes sean ahora más hábiles políticamente, su ideología sigue siendo la misma que en los años 90.
La herida de la «Línea Durand»
Las tensiones del nuevo Emirato no se han limitado al interior de sus fronteras, sino que han estallado contra el que históricamente parecía ser su mayor aliado: Pakistán. El epicentro del conflicto es la «Línea Durand», una frontera colonial trazado en el siglo XIX que divide a la etnia pastún y que ningún gobierno afgano ha reconocido jamás. Lo que antes eran disputas de baja intensidad ha mutado en una crisis diplomática y militar abierta.

Figura 4. Mapa que dibuja la «Línea Durand» y muestra la distribución de los grupos étnicos en las región. Afganistán reclama toda la región pakistaní donde existe una mayoría de etnia pastún. Fuente: Descifrando la Guerra, 2023.
El principal punto de fricción es el TTP —el talibán pakistaní—. Este grupo, que busca derrocar al Estado de Pakistán, cuenta con el apoyo y refugio de sus “hermanos” en Kabul, lo que ha generado una paradoja sangrienta: Pakistán está siendo atacado por la misma insurgencia que ayudó a recuperar el poder en Afganistán. La escalada alcanzó un punto crítico en 2025, cuando una serie de enfrentamientos fronterizos dejaron un saldo de 200 muertos, evidenciando que la región se asoma a una guerra convencional que podría desestabilizar el sur de Asia.
Entre el litio, la sharia y la realpolitik
El vacío dejado por Occidente ha sido aprovechado por potencias con intereses puramente pragmáticos. China se ha posicionado como el socio más cercano. Aunque no reconoce oficialmente al gobierno talibán, mantiene relaciones diplomáticas activas motivadas por el acceso a los vastos recursos minerales afganos —como el litio o el cobre— y su deseo de integrar al país en la iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI).
Rusia, por su parte, ha liderado el acercamiento diplomático en la región. Aunque todavía existe cautela jurídica, Moscú ha iniciado los trámites para eliminar a los talibanes de su lista de organizaciones terroristas, buscando estabilidad en su “patio trasero” de Asia Central y contrarrestar la influencia estadounidense.
Mientras tanto, la Unión Europea y otros países occidentales se encuentran en un dilema ético y político. Algunos gobiernos han iniciado contactos para establecer canales diplomáticos mínimos, motivados principalmente por la necesidad de gestionar la seguridad fronteriza y las deportaciones. Sin embargo, la prioridad oficial sigue siendo la ayuda humanitaria, donde la UE mantiene flujos de asistencia para paliar una crisis de hambruna y tratando de evitar que el colapso económico del régimen termina por aniquilar a una población que, atrapada entre la geopolítica y el fanatismo, es la que paga el precio más alto.
En cuanto a Irán, la relación es un equilibrio precario. Aunque la potencia chiíta ha apoyado tácticamente a Kabul para contrarrestar la influencia occidental, el histórico conflicto sectario entre el sunismo radical y talibán y el chiismo iraní genera una desconfianza profunda. Teherán observa con recelo la frontera, tomando medidas extremas para evitar que el fanatismo de sus vecinos desestabilice sus propias provincias o provoque una crisis de refugiados.
Por último, desde Occidente la advertencia es unánime: el gobierno talibán no solo es una amenaza por su violación sistemática de los derechos humanos sino por seguir siendo un centro potencial de operaciones yihadistas. Sin embargo, lo más urgente es la catástrofe humanitaria.
Las cifras son desgarradoras: alrededor del 85% de la población afgana vive bajo el umbral de la pobreza, un porcentaje que se ha duplicado en apenas tres años. El sistema de salud está en ruinas; se estima que solo un 10% de los servicios sanitarios siguen disponibles para las mujeres. Más de la mitad de la población padece hambre extrema, una situación agravada por una crisis climática implacable que está secando los cultivos y agotando las reservas de agua subterránea. Afganistán no solo lucha contra su gobierno, sino contra la propia naturaleza en un país donde el futuro parece haberse agotado.
Fuentes bibliográficas
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