
Convertida en centro financiero de envergadura global durante su periodo colonial, Hong Kong se mantiene como uno de los nodos más influyentes de la economía internacional. Al albergar un mercado de valores donde cotizan algunas de las mayores corporaciones chinas, consolidarse como la principal plataforma de acceso al mercado continental y ser la sede de firmas multimillonarias, la isla ha sido —y sigue siendo— un enclave de valor incalculable para China tras su recuperación en 1997.
Desde entonces, Pekín ha mantenido la famosa política de “un país, dos sistemas”, dejando a la isla fuera del sistema comunista regente en China continental y permitiendo que se desarrollase bajo las dinámicas del libre mercado. Las ventajas que el gigante asiático ha extraído de esta fórmula son innegables, desde la atracción de capital extranjero hasta la seguridad de su propio mercado financiero. Sin embargo, con el ascenso de Xi Jinping al poder, la singularidad hongkonesa ha comenzado a mutar para integrarse en una nueva estrategia del Partido Comunista Chino (PCCh). La progresiva erosión de su autonomía y el deterioro de los derechos humanos indican un cambio en los planes de Pekín para este “oasis” liberal. Siendo una pieza indispensable en el engranaje chino, resulta imperativo analizar cómo se fraguó su estatus actual y hacia qué horizonte se encamina su futuro.
Territorios del opio
En el siglo XIX, espoleado por cuestiones comerciales, el Imperio Británico libró dos contiendas —conocidas como las Guerras del Opio— contra la dinastía Qing de China. Ambas disputas se decantaron del lado británico, traduciéndose en la anexión de la isla de Hong Kong tras el primer conflicto, y de la península de Kowloon al finalizar el segundo —además de la imposición de la legalidad del opio en el mercado chino, aunque esa es otra historia—. Décadas más tarde, en 1898, el tablero regional cambió. La dinastía Qing había quedado profundamente debilitada tras su derrota en la primera guerra sino-japonesa, desatando el temor británico ante la creciente influencia de potencias rivales como Alemania, Francia o Rusia. Valiéndose de una diplomacia coercitiva y bajo el argumento estratégico de que ambos enclaves resultaban indefendibles sin el control de sus periféricos, Londres forzó la firma de la Convención para la Extensión del Territorio de Hong Kong. Mediante este acuerdo, China se vio obligada a ceder en arrendamiento los denominados Nuevos Territorios por un plazo de 99 años.

Figura 1. Mapa del territorio arrendado por China a la Corona Británica con las colonias de Hong Kong y Kowloon en blanco. Fuente: Britannica, 2026.
Mientras China atravesaba algunos de los periodos más turbulentos de su historia moderna, que culminaron con la instauración del régimen comunista, Hong Kong se consolidaba bajo la administración británica como uno de los epicentros financieros más dinámicos del planeta. Londres vertebró allí un ecosistema de libre mercado cimentado en la Common Law, caracterizado por una estricta protección de la propiedad privada y una total apertura al comercio internacional.
Aunque tanto Mao Zedong como, posteriormente, Deng Xiaoping mantuvieron vivas las reclamaciones de soberanía sobre el territorio, su anexión inmediata no fue prioritaria. Pekín instrumentalizó de manera pragmática la colonia como su principal ventana de interacción con el mercado global. En el caso de Deng, además, el factor temporal jugaba a su favor, dado que la fecha de caducidad del arrendamiento de Nuevos Territorios era inminente.
Así, en 1982, en un contexto de incertidumbre económica y bajo la creciente presión diplomática de Pekín, la primera ministra Margaret Thatcher viajó a China para negociar el futuro de la colonia con el presidente Deng Xiaoping. Ante la incapacidad de gestionar y abastecer la isla de Hong Kong de forma aislada sin las periferias colindantes, Gran Bretaña se vio abocada a capitular y firmar la Declaración Conjunta Sino-Británica en 1984. Este histórico acuerdo no solo estipulaba la devolución de los territorios para el 1 de julio de 1997, sino que implementaba un plan diseñado por el propio Deng Xiaoping bajo la fórmula de “un país, dos sistemas”.

Figura 2. Deng Xiaoping y Margaret Thatcher reunidos en el Gran Salón del Pueblo de Pekín, en septiembre de 1982. Fuente: CNN, 2017.
Mediante este marco, Hong Kong gozaría de una autogobierno con un alto grado de autonomía, preservando intactos sus sistema capitalista, su divisa y sus libertades civiles. Asimismo se garantizaría la estricta separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, manteniendo vigentes las leyes previas basadas en la Common Law. Adicionalmente, la isla conservaría su estatus de puerto libre, territorio aduanero independiente y un régimen de baja presión fiscal. A Pekín solo se le reservaban las competencias exclusivas en materia de defensa y relaciones exteriores. Todo este blindaje institucional se recopilaría en una miniconstitución propia denominada la Ley Básica. Con esto, además de acceder a las ventajas que ahora analizaremos, China trataba de atraer a Taiwán hacia su órbita, proyectando a Hong Kong como un ejemplo de que una unificación pacífica y respetuosa con la diferencia de sistemas era posible.
La gallina de los huevos de oro
Como veníamos diciendo, este marco legal no nacía de una incapacidad china para tomar el control total, sino de una visión política extremadamente pragmática y utilitarista. Y es que Hong Kong poseía un valor infinitamente mayor como nodo independiente.
En primer lugar, la isla constituía la principal puerta de acceso al mercado internacional para una China continental cuyo mercado interno seguía siendo opaco. Pekín utilizó el territorio como un hub internacional e intermediario estratégico entre Asia y Occidente. La idiosincrasia de Hong Kong, caracterizada por su familiaridad institucional y legal de corte anglosajón, ejercía un poderoso imán para las corporaciones extranjeras que temían el entorno regulatorio restrictivo y hostil del continente. Las garantías a la propiedad privada, la seguridad jurídica y un sistema impositivo simplificado atraían capitales globales que, de otro modo, jamás habrían ingresado en la República Popular, canalizando así en forma de inversión extranjera directa hacia el país.
Asimismo, este esquema permitía a Pekín blindar su mercado interior y proteger el yuan. Al mantener una moneda propia e independiente del resto de China, el Dólar de Hong Kong —que goza de libre convertibilidad y cuyo valor está vinculado al dólar estadounidense—, el gigante asiático lograba canalizar inversiones masivas en divisas fuertes. Esto multiplicaba la atracción de capital extranjero y permitía a Pekín diversificar sus reservas monetarias.

Figura 3. Mientras el yuan generaba recelo entre los inversores extranjeros, el dólar de Hong Kong ofrecía la estabilidad y confianza que China necesitaba para atraer capital. Fuente: Bloomberg Línea, 2022.
Esta dualidad posibilitó que China convirtiera a Hong Kong en el principal mercado offshore para las transacciones en yuanes (¥). De este modo, Pekín experimentaba con la inserción financiera global sin verse obligada a liberalizar su mercado interno de manera brusca, eludiendo así el riesgo de crisis cambiarias, devaluaciones descontroladas o fugas masivas de capital. Mediante este control, China limita la cantidad de yuanes en circulación externa (offshore) mientras mantiene el grueso de la masa monetaria protegida en el mercado interno (onshore). Mientras el yuan exterior fluctúa libremente según el mercado, el doméstico permanece fuertemente regulado por el banco central. Adicionalmente, Hong Kong opera como una banco de pruebas ideal para nuevas tecnologías monetarias, como los proyectos de implementación transfronteriza del yuan digital (E-Yuan), aislando al resto de la economía nacional de potenciales fluctuaciones o crisis sistémicas.
Por último, Hong Kong opera como una plataforma fundamental de internacionalización para las empresas chinas, puesto que su infraestructura financiera facilita su salida al mercado global de valores y les permite financiarse internacionalmente bajo reglas comerciales aceptadas en todo el mundo. Asimismo muchas multinacionales que desean capitalizar las oportunidades del gigantesco mercado continental prefieren establecer sus bases en Hong Kong debido a la flexibilidad jurídica que ofrece el territorio, la cual les permite mitigar riesgo y replegar capitales con rapidez si el entorno político se deteriora. A esto se suma el impacto del acuerdo CEPA (Closer Economic Partnership Arrangement), un marco normativo preferential que hace que operar e invertir en la China continental desde Hong Kong resulte considerablemente más sencillo y ventajoso que hacerlo desde cualquier otro país.
Erosión democrática
A pesar de cumplir formalmente con los términos del tratado, Pekín siempre contempló con recelo las libertades civiles presentes en Hong Kong. Debido a este recelo, en 2014 el PCCh dictaminó que el gobierno central preoficializaría y filtraría a los candidatos para el puesto de Jefe Ejecutivo, lo que desató una inmediata ola de indignación en la isla. Durante los 79 días que duraron estas manifestaciones —las cuales exigían un sufragio universal real—, la policía empleó gas pimienta contra unos manifestantes que se habían movilizado de forma pacífica. El uso de paraguas por parte de los ciudadanos para protegerse de los gases químicos terminó convirtiéndose en un símbolo de rebeldía, acuñando así el nombre de la “Revolución de los Paraguas”.

Figura 4. El paraguas, pensado para protegerse del gas pimienta, se convirtió en el símbolo de la resistencia democrática de Hong Kong y despertó solidaridad en ciudades de todo el mundo. Fuente: elDiario.es, 2014.
A pesar de la resistencia, las protestas terminaron siendo desmanteladas por la fuerzas del orden, pero Pekín tomó nota de una realidad ineludible: existía en la isla una masa de jóvenes prodemocráticos, altamente organizados y dispuestos a desafiar la autoridad del partido.
En 2019, el gobierno autónomo alineado con Pekín promovió un proyecto de ley que permitía la extradición de sospechosos a la China continental para ser juzgados bajo su sistema judicial. La medida desató una oleada de protestas sin precedentes por todo Hong Kong. Se estima que hasta dos de las siete millones de personas que viven en la ciudad salieron a las calles para clamar contra la ley y denunciar la creciente violencia policial. Ante la negativa institucional, los manifestantes adoptaron como lema la mítica frase del actor Bruce Lee: “Be water” (“Se como el agua”), estructurando una resistencia fluida y sin líderes fijos que bloqueó aeropuertos, lanzó cócteles molotov y vandalizó símbolos vinculados al PCCh.
Ante este escenario, el presidente Xi Jinping atribuyó la desestabilización a una injerencia de las potencias democráticas, argumentando que buscaban emular las “revoluciones de colores” orquestadas en Oriente Medio y el espacio postsoviético. Utilizando esta narrativa como justificación, Pekín decidió sortear al Consejo Legislativo de Hong Kong e imponer de forma directa, en junio de 2020, la Ley de Seguridad Nacional. Esta nueva normativa criminalizaba de manera deliberadamente ambigua conceptos como la secesión, la subversión, el terrorismo o la colusión extranjera. El temor debido a las severas represalias de esta legislación desmanteló por completo las movilizaciones, haciendo desaparecer las protestas de las calles hongkonesas. Además de esto se implementó en 2021 una reforma electoral bajo la premisa de “solo patriotas”, la cual anuló la presencia de la oposición en las instituciones al someter a todos los candidatos a un estricto cribado diseñado por Pekín.

Figura 5. La oposición llegó hasta el propio Consejo Legislativo, pero Pekín ya había decidido sortearlo. La ley se aprobó sin debate real y el miedo hizo el resto. Fuente: France 24, 2020.
El culmen de este proceso de asimilación se alcanzó en marzo de 2024 con la aprobación de la ordenanza basada en el Artículo 23 de la Ley Básica. Esta legislación complementó y reforzó la Ley de Seguridad Nacional de 2020 mediante el endurecimiento de las penas, la tipificación de nuevos supuestos delictivos y la ampliación de definiciones legales. Entre sus medidas más severas, la norma obliga formalmente a los ciudadanos a delatar cualquier acto percibido como traición bajo amenaza de prisión, al tiempo que extiende los mecanismos de persecución extraterritorial contra los disidentes exiliados.
En la actualidad, el clima de temor generalizado entre la población opositora, la desarticulación del tejido asociativo y la total neutralización del voto disidente —dado que hasta promover el boicot electoral mediante el voto en blanco o nulo está tipificado como delito— han provocado que aquel Hong Kong liberal sea, a efectos prácticos, un mero vestigio del pasado.
Pero, ¿por qué hacer esto ahora?
Existen posturas divergentes a la hora de interpretar los objetivos de Xi Jinping y el PCCh tras estas medidas. Mientras un sector de analistas lo considera un error estratégico, cuyas consecuencias aflorarán a largo plazo, otros sostienen que responde a un plan meticulosamente calculado por Pekín. A mi juicio, este giro estructural obedece, en primer lugar, a uno de los axiomas políticos del presidente: la priorización del control político, la cohesión interna y la seguridad nacional por encima del propio crecimiento económico. Para Xi, la singularidad institucional de Hong Kong no constituía una mera particularidad regional, sino una amenaza existencial con potencial de contagio ideológico y una puerta de entrada para la injerencia extranjera en el corazón de China. Con esto, sumado a la pérdida de peso relativo que ha sufrido la isla —pasando de representar casi un 20% del PIB de la economía china a apenas un 2%—, el PCCh dio luz verde a la intervención en la isla.
En el plano teórico —tal y como pronosticaban ciertos analistas tras la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional—, la intervención del PCCh amenazaba directamente el estatus de la isla. Se preveía que el endurecimiento autoritario ahuyentaría al capital occidental tradicional y desviaría los flujos financieros hacia nodos competidores como Singapur —y, en menor medida, la India—, despojando a Hong Kong de su valor diferencial.
No obstante, estas predicciones se han cumplido solo de manera parcial. Si bien es cierto que numerosas corporaciones occidentales optaron por replegarse o trasladar sus sedes operativas ante el deterioro de la seguridad jurídica, el impacto neto no ha hundido el territorio, sino que ha catalizado su mutación. El vacío dejado por las multinacionales occidentales ha sido rápidamente ocupado por capitales procedentes del Golfo Pérsico y del resto de Asia, así como por los gigantes empresariales chinos que cotizaban en las bolsas estadounidenses y decidieron regresar ante las restricciones impuestas por el gobierno de EE.UU. De esta manera, Hong Kong no solo ha evitado el colapso, sino que ha batido cifras históricas hasta superar a Suiza como el principal epicentro mundial de patrimonio transfronterizo. Esta misma lógica se repite en el terreno monetario, donde, mientras las garantías institucionales se erosionan, Pekín refuerza precisamente lo que sí controla, y el yuan offshore de Hong Kong alcanzó en 2026 su balance de depósitos más alto de la historia. Como resultado, su estabilidad ya no depende de la riqueza occidental, sino de los capitales asiáticos y del Golfo, entornos sobre los cuales China ejerce un control significativamente mayor.

Figura 6. En la cumbre de la Franja y la Ruta de 2025, representantes del Golfo participaron en diálogos que se han traducido en nuevos acuerdo de inversión en Hong Kong. Fuente: Al-Monitor, 2025.
Así pues, al menos en el corto y medio plazo, la estrategia de Xi Jinping se revela pragmática. Hong Kong preserva su posición en la vanguardia financiera global, demostrando que mientras se garantice el acceso al vasto mercado continental y exista suficiente liquidez, las credenciales democráticas pasan a un segundo plano para los empresarios. Esta realidad sintoniza con la propia retórica de Xi, quien desestima las críticas occidentales tachándolas de mera hipocresía retórica si hay beneficios de por medio.
Sin embargo, este cambio no está exento de riesgos estructurales a largo plazo. Si bien la llegada de nuevos capitales aleja el riesgo de un colapso financiero automático, introduce una vulnerabilidad real: la dependencia económica a la China continental es ahora absoluta. Esto priva a Hong Kong de su histórico colchón de amortiguación, de modo que si el continente sufre una desaceleración, la isla se hundirá con ella. A esto se suman factores críticos como la asfixia de la prensa libre —destruyendo la transparencia informativa, un elemento indispensable para que los mercados evalúen los riesgos financieros— y la pérdida de talento cualificado —debido a la persecución de la disidencia, perfiles habituados a los códigos del mercado internacional están siendo sustituidos por profesionales continentales menos internacionales y más homogéneos—. Si Hong Kong termina perdiendo la excepcionalidad institucional que la hacía diferente a Shanghai o Shenzhen, el plan de Pekín podría terminar asfixiando a la gallina de los huevos de oro.
De manera general, Xi parece haber logrado preservar y reorientar Hong Kong como activo financiero sin liberalización política, pero a costa del deterioro social y una mayor exposición al riesgo. Es, como veníamos diciendo, una elección muy deliberada donde se prioriza la seguridad frente al crecimiento económico puro. Ahora queda ver si la gestión del PCCh logra sus ambiciosos objetivos o se estrellan a medio camino.
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