
Ubicado en uno de los puntos más conflictivos del planeta y lugar de origen de una de las filiales de Al-Qaeda que más aterroriza a los países del Sahel, Mali es un país de un valor estratégico enorme para todas las potencias del mundo. Su posición, donde limita con el gran desierto del Sahara y que hace de pivote con el África negra, así como su abundancia de oro, hacen de este país, entre otros motivos, un foco de atención internacional.
Desde su descolonización, los periodos de estabilidad en Mali han sido anecdóticos. La centralización y las fronteras coloniales han sido especialmente dañinas en el que es uno de los países más grandes del continente. La influencia extranjera siempre ha estado presente. Tanto Occidente como Rusia o China quieren mantener su presencia en el país, lo que hace que las tensiones internas se intensifiquen aún más. Ahora, el grupo yihadista JNIM parece haber tomado el control de gran parte del país y mantiene en jaque al gobierno central de Goïta, lo que tiene repercusiones insospechadas para países a cientos de kilómetros de allí. Por ello, vamos a desgranar cuáles son las razones que han llevado a Mali a este lugar, cuáles son sus condiciones y qué repercusiones puede tener.
Años de promesas socialistas y liberales
Mali nace como Estado soberano en 1960 y, como el resto de los países que pasaron por el periodo de descolonización, se encontró con unas fronteras artificiales que agrupaban a grupos étnicos y culturales diversos. Modibo Keïta, primer presidente maliense, tenía una visión panafricanista y socialista. Esto le llevó a centralizar el Estado en Bamako, la capital ubicada al sur del país, y a acercarse al bloque político de la Unión Soviética. Keïta no consiguió integrar al norte en las dinámicas políticas de un sur más sedentarizado, manteniendo nulas relaciones con los líderes de las tribus septentrionales. Así comenzó una dinámica que permanece hasta el día de hoy, donde el norte del país se mantiene en la periferia política y económica del Estado centralizado de Bamako.
Esta ignorancia hacia el norte fue la que provocó, en 1963, la primera rebelión tuareg —que serviría de preludio para las siguientes—, un pueblo mayoritario en el norte de Mali. El levantamiento fue duramente sofocado por el gobierno de Keïta, lo que generó un distanciamiento más pronunciado entre las élites negras del sur y las tribus del norte. Esto terminó por convertir al norte en una conjunto de distritos militares completamente olvidados por la inversión económica durante décadas.
En 1968, un golpe militar daría lugar a un cambio de gobierno. Moussa Traoré tomaría el relevo de Keïta con una visión completamente opuesta al exmandatario: Traoré era liberal y prooccidental. A pesar de ello, la doctrina centralista se mantuvo en el nuevo gobierno militar que, a pesar de mantener una buena relación con las élites religiosas y tradicionales del norte al principio, acabó sacando a la luz sus verdaderas intenciones, que no eran otras que arrinconar a estos grupos de forma que “no les molestasen”. Así, Traoré fue aumentando la represión hasta que, en 1990, la situación colapsó con el estallido de la segunda rebelión tuareg. De forma paralela, el descontento y las protestas se extendieron por el resto del país, desatando manifestaciones y revueltas populares masivas en el sur que, combinadas con el conflicto del norte, terminaron por derrocar al dictador en 1991.
Amadou Toumani Touré —conocido como ATT o el padre de la democracia— fue el encargado de liderar el golpe que depuso a Traoré, pero lejos de perpetuarse en el poder, convocó las primeras elecciones libres del país en 1992, las cuales ganaría Alpha Oumar Konaré. Los diez años que Konaré estuvo en el gobierno brindaron al país cierta estabilidad y crecimiento. Bajo su mandato se sofocó la segunda rebelión tuareg, que se alargó hasta 1996 siendo la más intensa hasta la fecha. Sin embargo, ATT regresaría al gobierno tras imponerse en las elecciones de 2002. Corrupción, oposición armada en el desierto del norte, falta de desarrollo y un ejército muy debilitado serían las señas de identidad de este gobierno que Occidente vendía como el ejemplo de la democracia en el continente. Esto desembocó en las tercera rebelión tuareg en 2006, que terminaría en 2009 gracias a los Acuerdos de Argel. A pesar de todo, en 2012 los tuareg se levantarían de nuevo, esta vez poniendo al gobierno en un verdadero brete.

Figura 1. ATT encarna una gran paradoja al pasar de ser el héroe que entregó el poder a la ciudadanía a presidir una administración debilitada por la falta de desarrollo y una oposición armada que acabó asfixiado al gobierno central. Fuente: aBamako, 2014.
Los pueblos del desierto
Los tuareg son un pueblo seminómada repartido entre Mali, Níger, Argelia y Libia. Esta cultura —que no etnia— se organiza en diferentes clanes como el de los Ifoghas —un clan muy relevante en Mali— y se caracteriza por el uso de la lengua «tamasheq» y por vivir según tradiciones centenarias. Históricamente, estos grupos controlaban las rutas transaharianas, pero con la colonización del continente estos quedaron embebidos en Estados ajenos a ellos.
Como en muchos países del Sahel, en Mali existe un conflicto derivado de la desertificación del Sáhara, donde los ganaderos nómadas del norte —en este caso los tuareg— se ven obligados a desplazar su ganado hacia las tierras de los agricultores sedentarios, lo que constituye uno de los grandes detonantes de los choques intercomunitarios en el país. A esto hay que añadirle que, durante las grandes sequías de los años 70 y 80, los tuareg se exiliaron a Libia, donde el dictador Muamar el Gadafi los armó e instruyó.
Ante esta situación, el gobierno de Bamako decidió ignorar al norte, culturalmente diverso, para concentrar la inversión en la capital y sus alrededores. Las quejas de los tuareg fueron silenciadas con represión lo que dio lugar a las cuatro rebeliones antes comentadas, todas ellas con el mismo desenlace: un acuerdo entre la capital y el norte que Bamako terminaba sistemáticamente incumpliendo una vez las armas se enfriaban.
Desde el inicio del periodo poscolonial, el pueblo tuareg ha mantenido vivo un proyecto de independencia para la zona septentrional del país, a la que denominan Azawad. Para ellos, estas tierras son ancestrales, marcan su identidad y definen rutas tradicionales de pastoreo. Esto representa un conflicto existencial para el gobierno de Mali, reacio a ceder soberanía sobre su territorio. Sin embargo, la falta de recursos de Bamako y las constantes revueltas tuareg han terminado por convertir a la región en un territorio con un profundo vacío de poder estatal, una vulnerabilidad de la cual otros grupos se aprovechan para implantar sus economías ilícitas. El establecimiento de bases yihadistas, el tráfico de armas o el control de las rutas de inmigración ilegal son solo algunos de los problemas que azotan el norte del país.

Figura 2. Tombouctou, Kidal y Gao, al norte de Mali, son las tres regiones que delimitan el territorio histórico que el independentismo tuareg reclama bajo el nombre de Azawad. Fuente: Netmaps.
Pero, sin duda, el factor más desestabilizador fue la irrupción del salafismo yihadista en la región. Frente a una población tuareg mayoritariamente sufí —una corriente del Islam más laxa que, en su caso, se amalgama con costumbres locales amoldando la religión de forma muy particular—, Al-Qaeda vio una oportunidad de oro para afianzarse en el Sahel. Pese a la desconexión ideológica, el pragmatismo se impuso: la organización terrorista se presentó ante las comunidades del norte como un aliado militar estratégico frente a Bamako. El independentismo tuareg aceptó este matrimonio de conveniencia para liberar Azawad, abriendo involuntariamente las puertas para que el yihadismo instrumentalizase su causa y echara raíces en el desierto.
La tormenta perfecta
En el año 2012, el recién fundado Movimiento Nacional de Liberación del Azawad (MNLA) lanzó la cuarta y, hasta la fecha, última revolución tuareg. Este alzamiento coincidió en el tiempo con la caída de Muamar el Gadafi en Libia a raíz de las revueltas de la Primavera Árabe. El colapso del régimen libio provocó el retorno masivo a Mali de ciento de combatientes tuareg fuertemente armados y altamente instruidos en el combate, al tiempo que arsenales enteros se esparcían sin control por todo el Sahel. Por si fuera poco, en medio de este caos, el capitán Amadou Haya Sanogo lideró un golpe de Estado en Bamako ese mismo año, sumiendo a las instituciones en un desorden absoluto. Ante esta tormenta perfecta, las Fuerza Armadas de Mali (FAMa) colapsaron en el norte, una coyuntura que el MNLA aprovechó para declarar unilateralmente la independencia de Azawad.
A pesar de ello, esta proclamación no dio pie a celebraciones duraderas dentro de la MNLA. Los grupos yihadistas con los que se habían aliado se volvieron contra las facciones tuareg más moderadas, expulsándolas de las principales ciudades del norte e imponiendo una interpretación rigurosa de la Sharia allí donde gobernaban.
Ante tal crisis, el gobierno maliense se lanzó en busca de ayuda internacional. Francia acudió en su ayuda y lanzó la «Operación Serval» en 2013, poco antes de que la ONU desplegara la misión MINUSMA con el objetivo de estabilizar el territorio. Un par de años después, en 2015, se firmaron nuevos acuerdos entre el gobierno de Mali y la Coordinación de Movimientos del Azawad (CMA), una coalición de grupos que integró al MNLA, entre otros. Sin embargo, los yihadistas no formaron parte de este pacto y, por lo tanto, tampoco mostraron intenciones de cumplirlo.

Figura 3. Efectivos de Francia y de Mali coordinan su despliegue durante la misión francesa para estabilizar el territorio. Fuente: Atalayar, 2020.
Las presiones militares de las operaciones de Francia y la ONU lograron expulsar a los grupos yihadistas de los puntos más estratégicos, pero no consiguieron destruirlos. Estos se replegaron hacia las regiones limítrofes, agravando el problema en la zona de las “tres fronteras” —donde se unen Mali, Burkina Faso y Níger—, una franja territorial donde el control del Estado era inexistente. Precisamente para intentar contener esta amenaza transfronteriza, estos tres países junto a Chad y Mauritania fundaron en 2014 el G5 del Sahel. Pese a todo, el propósito de estabilizar la zona jamás se cumplió: su operatividad real fue siempre muy limitada y su efecto del todo insuficiente.
La infección del JNIM
Como decíamos antes, Mali, al igual que el resto de países del Sahel, sufrió las consecuencias de la caída del régimen libio de Gadafi. Grandes cantidades de armas y yihadistas comenzaron a esparcirse por el cinturón saheliano, llegando con promesas de liberación ante el MNLA para luego apartarlos del mando y aplicar la Sharia.
En 2017, Iyad Ag Ghaly —miembro del influyente clan tuareg Ifoghos y exdiplomático del gobierno de Mali— juró lealtad a la organización terrorista Al-Qaeda y fundó el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM). Esta coalición logró unificar bajo un único estandarte a las diferentes facciones yihadistas que se habían asentado en el territorio. Con esta alianza no sólo multiplicaron su capacidad militar, sino que, gracias a la integración de la Katiba Macina, consiguieron expandirse hacia las regiones del centro del país, una zona clave donde hasta entonces les había sido imposible penetrar. Desde allí, instrumentalizaron los agravios históricos y las disputas intercomunitarias por los recursos locales (como los pastos y el agua) para reclutar masivamente entre la etnia fulani, logrando enraizar la agenda yihadista en los conflictos locales de supervivencia.
Mientras que las aspiraciones del MNLA se circunscribían a un proyecto identitario dentro de las fronteras del Mali (el Azawad), el JNIM explotó la porosidad de las fronteras sahelianas para expandirse rápidamente por toda la región. Hacia 2019, la coalición yihadista ya se encontraba plenamente asentada en la conflictiva zona de las “tres fronteras”, la cual instrumentalizó para financiar su insurgencia armada mediante actividades ilícitas como el contrabando, el control de la minería ilegal de oro y la extorsión a las redes migratorias.

Figura 4. La extracción artesanal de oro en los yacimientos del Sahel se ha consolidado como una de las principales fuente de financiación del JNIM mediante la extorsión y el control de las minas. Fuente: Universidad de Navarra, 2025.
Esta sólida base económica y territorial ha permitido al grupo sostener su campaña armada a largo plazo y expandir su radio de acción de manera alarmante. Muestra de ello fue la ofensiva coordinada que lanzó en abril de 2026. En un movimiento inédito, el JNIM —en una alianza estrictamente táctica con los rebeldes tuareg reagrupados en el Frente de Liberación del Azawad (FLA), que integra a la CMA entre otras— lanzó ataques simultáneos en los puntos más estratégicos del país. Las células yihadistas golpearon el centro y norte de Mali, pero su acción más contundente llegó hasta el corazón del régimen: atacaron el aeropuerto internacional de Bamako y la base militar de Kati, un asalto de una gravedad extrema que provocó la muerte del ministro de Defensa de la junta, Sadio Camara, poniendo en jaque el control gubernamental.
Sin embargo, a diferencia de otros escenarios de insurgencia como el de Siria, el JNIM no parece interesado en tomar el control directo de Bamako. En su lugar, el grupo optó por estrechar un asfixiante bloqueo de combustible y suministros sobre las principales vías de acceso. Esta decisión parece responder a un pragmatismo calculado. En primer lugar, forzar la caída del gobierno rompería la frágil alianza táctica con el FLA, que nunca aceptaría un califato integrista gobernando desde el sur. Asimismo, comenzar a administrar un Estado fallido y en quiebra como Mali supondría asumir cargas burocráticas y humanitarias demasiado grandes que los desviarían de sus objetivos yihadistas. Por último, mantenerse en la periferia permite a JNIM actuar como un “ejército en las sombras”: les resulta mucho más fácil extraer beneficios de las economías ilícitas locales mientras desgastan los recursos de la junta militar y complican los planes de ataque de las FAMa y de sus aliados rusos Africa Corps. A todo esto se añaden la limitación de personal y el riesgo de generar divisiones internas, lo que hace improbable que el JNIM pretenda ocupar el palacio presidencial de Bamako.
Rusia, el falso remedio
Para entender cómo la insurgencia yihadista alcanzó tal fuerza, es necesario retroceder al quiebre institucional y geopolítico de Mali. Con el fracaso de las misiones de Francia y la ONU en la estabilización del país, la población maliense comenzó a experimentar un profundo hastío. Rusia instrumentalizó este descontento y, a través de la guerra híbrida en el plano de la comunicación, generó una “burbuja de información” prorrusa en Mali. Desde esta narrativa, se tildó a la MINUSMA y a la «Operación Barkhane» —la misión francesa que en 2014 había relevado y ampliado el alcance regional de la antigua «Operación Serval»— de fuerzas “neocolonialistas” e “imperialistas”.
En este caldo de cultivo, tras los golpes de estado de 2020 y 2021 que sepultaron la frágil trayectoria democrática del país, el líder de la junta militar y actual presidente de la transición, el coronel Assimi Goïta, reconfiguró por completo las alianzas internacionales de Bamako. Goïta rompió relaciones diplomáticas y militares con Francia, lo que culminó en la posterior expulsión de la MINUSMA, cuyo repliegue finalizó en 2023, y encontró en el Kremlin un socio alternativo. Rusia materializó este apoyo mediante el despliegue del grupo de mercenarios Wagner —reestructurado posteriormente bajo el control directo de Moscú como el Africa Corps—, que desde entonces opera de manera transnacional por todo el Sahel. Este giro militar propició la creación de la Alianza de Estados del Sahel (AES) junto a Burkina Faso y Níger.

Figura 5. El modelo militar impuesto por Moscú prioriza el uso de la fuerza explícita por encima de los estándares humanitarios internacionales. Fuente: Espiral21, 2026.
Lejos de mitigar la crisis, el Africa Corps y las FAMa se han visto sobrepasados por las fuerzas del JNIM, que explotan sus conocimientos del terreno para aplicar una guerra asimétrica muy lesiva para las tropas gubernamentales. Frente a esto, la estrategia de ataques indiscriminados por parte de los efectivos rusos ha terminado por jugar en favor de la insurgencia, facilitando que el grupo yihadista radicalice y reclute a civiles en las zonas rurales desprotegidas.
Aunque a simple vista pudiera parecer que la situación escapa en parte al control de Vladimir Putin, la salida de las potencias occidentales de la región y la irrupción de Rusia representa un escenario extremadamente beneficioso para el Kremlin. Para Rusia, la estabilidad democrática e institucional que perseguía Occidente no es un objetivo; al contrario, su interés radica en instrumentalizar el caos del Sahel. Para ello, Moscú ejecuta una estrategia de “inestabilidad controlada”, manteniendo a salvo al gobierno prorruso en Bamako mientras tolera el caos en la periferia. Esta asimetría les interesa debido a que la descomposición del Sahel genera flujos migratorios masivos, intensifica el tráfico de armas y expande la amenaza terrorista hacia el Mediterráneo, desestabilizando directamente la seguridad interna y la cohesión de Europa, a la que Rusia considera su enemigo natural.
Este ecosistema de inestabilidad y aislamiento occidental ha sido aprovechado simultáneamente por Pekín. Paralelamente a la penetración militar rusa, China consolida su influencia estructural en Mali mediante la diplomacia de infraestructuras y los mecanismos de financiación del FOCAC (Foro de Cooperación China-África). Al igual que hace en otros Estados africanos, el gigante asiático ofrece préstamos laxos y asistencia financiera sin exigir las reformas políticas ni los estándares de gobernanza democrática que caracterizan a los condicionantes de las potencias occidentales. A cambio de este colchón económico, China no solo asegura el acceso a recursos estratégicos del país y genera una severa dependencia financiera a largo plazo, sino que introduce un nuevo dilema de seguridad para Bamako. Las ya mermadas FAMa se ven obligadas a desviar valiosos recursos humanos y operativos para securitizar de forma estática las infraestructuras y explotaciones mineras chinas, restando capacidad de maniobra a la gestión directa del conflicto contra el yihadismo.
Así, en este nuevo escenario multipolar, la junta militar sobrevive con la ayuda militar de Moscú y la financiación de Pekín, habiendo sustituido la dependencia occidental por una sumisión a los intereses estratégicos de estas dos potencias globales.
Fuentes bibliográficas
Al Jazeera. (2026). Timeline: How Mali went from democracy beacon to instability. Recuperado el 18 de mayo de 2026, de https://www.aljazeera.com/news/2026/4/27/timeline-how-mali-went-from-democracy-beacon-to-instability
Amnistía Internacional. Mali: Informe de situación del país. Recuperado el 18 de mayo de 2026, de https://www.amnesty.org/es/location/africa/west-and-central-africa/mali/report-mali/
BBC News. (2026). Armed groups launch coordinated attacks across Mali. BBC News. Recuperado el 18 de mayo de 2026, de https://www.bbc.com/news/articles/clyx7nnrkqdo
BBC News. (2026).’How are we going to get back home?’ Islamist group tightens blockade on Mali capital. Recuperado el 18 de mayo de 2026, de https://www.bbc.com/news/articles/cg4pq3zxnpqo
Fernández Juin, S. (2024 Mali: un tablero de juego geopolítico (Documento de Opinión 30/2024). Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE).
International Crisis Group. (2023). Le JNIM et le dilemme de l’expansion au-delà du Sahel (Rapport Afrique N° 321) Recuperado el 18 de mayo de 2026, de https://www.crisisgroup.org/rpt/africa/sahel-west-africa/321-le-jnim-et-le-dilemme-de-lexpansion-au-dela-du-sahel
Roldán Sánchez, P. M., Guglielmetti, Y., Benbalaid, M., Ferrer Hernández, G., Costa Fernández, F., Sánchez Calvo, S., Rodríguez Rodríguez, D., Águila Sánchez, D., y Berrús Reinaldo, S. (2024, 15 de marzo). Análisis de Región: Mali (Documento didáctico GRUEST-12). Departamento de Estrategia, Seguridad y Defensa, Escuela Superior de las Fuerzas Armadas (ESFAS).
UVÁfrica. (2022). La historia de Mali poscolonial para entender el conflicto actual. Universidad de Valladolid. Recuperado el 18 de mayo de 2026, de https://uvaafrica.uva.es/2022/05/19/la-historia-de-mali-poscolonial-para-entender-el-conflicto-actual/
ISAO (2024). Mali: Reorganization of Tuareg armed groups within the Front for the Liberation of Azawad (FLA). [Fotografía]. Recuperado el 21 de mayo de 2026, de https://www.isao-ltd.com/en/mali-%F0%9F%87%B2%F0%9F%87%B1-reorganization-of-tuareg-armed-groups-within-the-front-for-the-liberation-of-azawad-fla/
Figura 1. aBamako. (2014). Mali: ATT, le silence comme réplique. [Fotografía]. Recuperado el 21 de mayo de 2026, de http://news.abamako.com/h/35594.html
Figura 2. Netmaps. Mali political map [Mapa]. Recuperado el 21 de mayo de 2026, de https://www.netmaps.es/mapas/mali-political-map/
Figura 3. Atalayar. (2020). Francia: operación Barkhane buscando transición. [Fotografía]. Recuperado el 21 de mayo de 2026, de https://www.atalayar.com/articulo/politica/francia-operacion-barkhane-buscando-transicion/20201221153358148979.html
Figura 4. Universidad de Navarra (2025). El oro del Sahel: convergencia entre economía ilícita, crimen organizado y terrorismo. [Fotografía]. Recuperado el 21 de mayo de 2026, de https://www.unav.edu/web/global-affairs/el-oro-del-sahel-convergencia-entre-economia-ilicita-crimen-organizado-y-terrorismo
Figura 5. Espiral21 (2026). Rusia sofoca los ataques de Al Qaeda en Mali con camiones cisternas para evitar apagones. [Fotografía]. Recuperado el 21 de mayo de 2026, de https://espiral21.com/rusia-sofoca-los-ataques-de-al-qaeda-en-mali-con-camiones-cisternas-para-evitar-apagones/

Deja un comentario